Uruguay 3, Rusia 0: La escuela Estoica

Uruguay pareciera no saber jugar bonito. La llegada de la plena madurez para Cavani y Suárez coincidió con el retiro de Diego Forlán. Y entre la siempre sólida zona de resguardo (desde toda la línea defensiva hasta la contención) y sus dos lujosos, temibles delanteros, se abre no digo yo un abismo, pero sí un territorio medio árido y conflictivo, por el que en última instancia sabe mejor pasar ahorrando trámites, lo más rápido posible, saltando la línea.

A fin de cuentas, la capacidad de esos dos killers de élite allá arriba, da para convertir en servicio y potencial jugada de peligro hasta el más desprolijo pelotazo, Y a fin de cuentas Uruguay trae en la historia y la genética esa fealdad tozuda con regia corona de talento individual. No es que el Maestro, el venerado Óscar Tabárez, no lo intente: dando indicaciones desde el área técnica con su muleta y su rostro de viejo sabio de la tribu, tiene no se qué de Pepe Mujica, o de Benedetti disfrazado de marinero en “El lado oscuro del corazón”. Y, desde que hace doce años iniciara su segunda etapa como director técnico de la celeste, viene tratando de reintegrarle a su proverbial garra la dosis de creatividad y buen futbol que, según todos los testimonios, la condujo a la gloria en sus ya remotos (y casi centenarios) años dorados. Bajo esa línea de trabajo la llevó hasta semifinales en Sudáfrica 2010, y se agenció la Copa América de Argentina en 2011.

Pero no hay caso. Carece, entre recuperadores y definidores, aunque sea de un mediano heredero de Recoba, Francescoli, Forlán. El Maestro duda en otorgarle semejante responsabilidad al “Pato” Sánchez o a Urretavizcaya (este último no ha visto ni siquiera un minuto de juego). Y entonces su escuadra, por instinto y sabiduría, a pesar de las muchas tentativas y las muchas rotaciones por él ensayadas, termina siempre jugando a la uruguaya.

El segundo tiempo resultó peculiarmente ilustrativo en tal sentido. Dos goles arriba, con un hombre de más, y evidente desde los cuatro puntos cardinales que su nivel (no importa cuán cansino, contenido, onettiano) era superior, que esta vez el empuje cosaco no había alcanzado para disimular las enormes carencias de Rusia, correspondía a los uruguayos por elemental lógica y mínimo decoro tomar la iniciativa. Y es de agradecer que los uruguayos hicieran lo posible por cumplir el papel, pues cierto estoy de que en su lugar a otro equipo, pongamos por ejemplo Portugal, le hubiera valido sorbete y se habría tirado atrás sin pasar del medio campo, indiferente a nuestra irritación, nuestras súplicas y nuestros bostezos.

Uruguay hizo lo que pudo por tomar el protagonismo. Adelantó líneas, se acostumbró  a iniciar su ataque desde dos tercios del campo dado el repliegue rival. Pero fue incapaz de abastecer de balones mínimamente favorables a Cavani y a Suárez. Se notaba incómodo. Parecía hacerle falta que le quitarán el balón, que lo obligaran a replegarse, o que alguien fuera a sacar del retiro al Príncipe Enzo para ponerle algo de imaginación y de sentido a la penúltima zona. Sólo hacia los quince últimos minutos del encuentro, ya en el campo el infatigable “Cebolla” Rodríguez, con los locales tratando de esbozar la heroica y dejando mayores espacios atrás, consiguió Uruguay convertir en figura al arquero Akinféyev.

“Cebolla” le mejoró mucho la cara a los orientales, tanto entrando de cambio en el primero y tercer partido, como figurando de titular en el segundo; pero ya no le da la edad para noventa minutos completos.

Ayer manifestaba que, en mi opinión, Colombia aventaja a México uno o dos pasos, por contar con varias estrellas de primera línea, incorporadas como titulares a algunos de los más importantes y protagónicos clubes de Europa. Hoy añadiría que Uruguay, no obstante sus limitaciones ya enunciadas y su escasa capacidad para seducir a quienes no son incondicionales suyos, se encuentra a su vez uno o dos pasos delante de Colombia. No tanto por la manera en que sus respectivas estrellas se encuentran distribuidas sobre el terreno de juego (la multicitada dupla goleadora al frente, los dos centrales estelares del Atlético de Madrid en la zaga), sino por su sostenida estabilidad en el estilo y el temple.

Uruguay no se cae nunca. Hasta en la desesperación y la zozobra es capaz de mostrarse imperturbable. No hay que dejarse engañar por los interminables aspavientos de Suárez, los ocasionales desplantes de Godín, los permanentes reclamos de Cavani: se trata de ingredientes para aderezar y fijar esa turbulencia quieta, en medio de la cual los uruguayos se sienten como en casa. Cuando, dicha turbulencia sopla con el viento a favor, el nombre de la contención uruguaya es sobriedad; cuando sopla con vientos contrarios, se llama sufrimiento. Y cuando no sopla ningún viento, Uruguay sencillamente aburre.

Pero Uruguay, por encima de todo, sabe sufrir, propicia sufrir. No claudica ni afloja en la adversidad; no desborda ni para mal ni para bien el vaso, sino en raras ocasiones. No acusa, en fin, esos altibajos a que el mucho más vistoso y convencionalmente simpático equipo colombiano es tan propenso.

Si a alguien le pareció medio gris su manera de someter a los rusos, pese al tres cero inobjetable, y pese a la inminente goleada que el guardameta conjuró, debería darle una revisada a la infinidad de partidos ganados de cabeza, con apenas lo justo y bajo la lluvia, que le valieron a Uruguay el segundo puesto en la durísima eliminatoria sudamericana. Debería observar la total ausencia de melodramatismo en los rostros de los jugadores (reverso radical de sus histriónicos vecinos argentinos) durante el 4-1 que en marzo de 2017, como parte de esa misma eliminatoria, les propinó Brasil en la mismísima cancha del Estadio Centenario de Montevideo.

Estuvo más que justificada la urgencia de españoles y portugueses horas más tarde, por quedarse con el primer lugar de su sector y eludir a los charrúas. Cualquiera de ambas escuadras iba a ser favorita, cualquiera de ambas iba a acaparar los reflectores. Y, no obstante, qué alivio no enfrentar a la celeste en octavos si se podía evitarlo, qué amenazante piedra en el zapato tener que ir a plantarle cara el próximo sábado.

Como amor de vidalita (vidalita gaucha, vidalita, ay), de este Uruguay podrás acaso salir vivo, pero corres el elevado riesgo de de terminar, aun cuando ganes, malherido.

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