Uruguay 2, Portugal 1: Memoria de largo plazo

Fuera de Sudamérica, el legado histórico de Uruguay suele considerarse una reliquia del más remoto pasado futbolero. Arqueológicos despojos de una antigüedad que pudo acontecer o no con la gloria que le atribuyen los libros, pero que en cualquier caso nada tendría ya que ver con el presente, como no sea para alimentarle la nostalgia a su particular feligresía.

Sin embargo, cuando uno se aproxima a la perspectiva general con que en sudamericanas tierras se mira a los charrúas, las cosas cambian. La celeste sigue siendo la misma vigente potencia de toda la vida, situada quizá a la zaga de Brasil, de Argentina y de la transitoria maravilla en turno (Chile hasta antes de quedar fuera del presente Mundial), pero aun así dominante en varias estadísticas clave pese a sus malas rachas: nadie como Uruguay acumula, por ejemplo, tantos títulos de la Copa América, el más añejo torneo de naciones del orbe.

Podrá argüirse que eso carece de cualquier importancia. Estados Unidos, pese a su vigente crisis, es al lado de México (aunque seguido cada vez más de cerca por Costa Rica) un indisputable gigante de la Concacaf, sin que ello redunde en ninguna relevante consecuencia más allá de su zona eliminatoria. Y no se tiene noticia de que haya alguien aguardando que uno de estos días los húngaros vayan milagrosamente a restituir algún género de continuidad con su mítico equipo de los años 50.
Pero es justamente esto último lo que coloca a Uruguay en una repisa diferente.

Hacia la primera mitad de la década de 1930, aunque con las limitaciones propias de los mass media de la época, la selección austriaca, denominada “el equipo maravilla”, deslumbró al mundo. El mismísimo Rinus Michels, artífice de la Naranja Mecánica desde el banquillo de director técnico holandés en 1974, reconoció que aquella escuadra había sido su inspiración y su modelo: la primera en practicar, si bien dentro de un contexto competitivo muy diferente, el llamado Futbol Total.

¿Queda en la estirpe, el afán, la evocación o hasta la voluntad imitativa del futbolista austriaco contemporáneo algo de aquello? Lo dudo. Por diversas razones, entre las cuales no deben minimizarse los devastadores saldos de la Segunda Guerra Mundial y de la Guerra Fría, las líneas de continuidad con su prodigioso pasado futbolístico se desvanecieron por completo tanto para Austria como para Hungría; ninguna de ellas prevalece en el presente.

Con el uruguayo pasa justo lo contrario. No digo yo que salte a la cancha con la cabeza puesta en aquel mítico ciclo inaugurado por su primer oro olímpico en París 1924, y rematado por su segundo Campeonato del Mundo en Brasil 1950.No, no salta a la cancha llevando eso en la cabeza, pero sí arropándolo en la sangre, en el pecho, en el ahínco, en el orgullo: en la convicción de que igual —en una de ésas— va perder, pero que puede perfectamente ganar.

Durante largo tiempo en lo que hace a sus citas mundialistas, esa consistente memoria de largo plazo operó negativamente para la selección charrúa; abrumada más que impulsada por el peso de la herencia recibida, se iba invariablemente por la puerta de atrás, o ni siquiera conseguía superar la dura eliminatoria de la Conmebol.

Durante los últimos años, Óscar Tavarez no ha cambiado los ingredientes con que tradicionalmente venía cocinándose el estilo uruguayo de jugar al futbol. Se ha limitado a ajustar sus porciones, a armonizarlas con sabiduría, a sacarles con esmero el mayor provecho posible. Tal apuntábamos hace unos días (en ocasión de su contundente victoria sobre los anfitriones rusos), algún esbozo ha aventurado de disposición propositiva sobre el campo, a través de la depurada factura técnica de varios de sus jugadores, así como del entendimiento de conjunto que los más compenetrados pueden sustentarle. Pero creo que al final, sin mezquindad, sin dramas, sin histerias, el Maestro ha terminado por aceptar que Uruguay irremediablemente va a terminar jugando siempre a la uruguaya. Y que es desde esa histórica disposición (ceder la iniciativa, controlar defensivamente el devenir del encuentro, favorecer de principio a fin y sin arrugarse el roce físico, sacarle un rédito superlativo a sus estrellas en las zonas del talento creativo y de la definición, aceptar inevitables trances de sufrimiento) que ha de entenderse y aventurarse toda innovación, toda osadía.

Uruguay juega a lo mismo a lo que jugaba en 1986, pero ahora lo juega bien.

Hoy, en Sochi, daría la impresión de que ambos rivales saltaron al terreno de juego del estadio Fisht con el mismo plan de juego. Ofender de entrada al rival, buscando un gol tempranero. Si uno de ambos lo conseguía, iba a poder controlar las acciones desde el ámbito que mejor domina: el repliegue defensivo. Si no hubiera caído ningún gol, seguro estoy de que los dos equipos, en idéntica proporción, habrían optado por replegarse. Pero marcó Uruguay . Y el partido se desarrolló a partir de ahí a la uruguaya.

¿Qué tan distinto habría resultado el trámite del encuentro si hubiera marcado Portugal, y se hubiera jugado a la portuguesa (a esta portuguesa)? No lo sé. Admito que mi incondicional aprecio sentimental por Uruguay me lleva a dispensar cosas que quizá con otro no dispensaría. Pero a mí me gustó Uruguay, y lo considero merecido ganador.

Abonaré un único argumento a ese respecto.

Aunque dependiendo en ataque casi por completo de lo que por su cuenta sean capaces de inventar Cavani y Suárez, se trata de un equipo en toda la amplitud del término, que vive cada capítulo de la novela en turno desde la solidaridad colectiva; nadie está nunca solo en Uruguay. (El revés extremo pues de sus vecinos argentinos: hace cuatro años, el problema central para la albiceleste parecía la soledad de Messi, pero hoy, más allá del milagrero amago de épica y del engañoso 4-3, parecían estar solos todos, comenzando por Sampaoli).

Portugal no fue jamás en el torneo un equipo. Era lo que quedaba después de que el talento individual de Cristiano Ronaldo decidiera. Y hoy Cristiano Ronaldo no pudo decidir. Uruguay lo inhabilitó con una marca impecable.

Los titulares resaltarán sin duda la figura de Cavani, con sus dos decisivos goles (el primero una bella estampa de conjunto, el segundo una postal emblemática de su impresionante talento individual). Yo situaría en idéntico nivel a las otras tres máximas estrellas celestes: la sostenida labor de sacrificio de Luis Suárez, y la cátedra defensiva que se encargaron de impartir Chema Giménez y Diego Godín.

Se va Cristiano, se va Messi: dos que no pudieron, no supieron o no quisieron encontrar equipo. Se queda Uruguay: se queda un equipo donde las máximas figuras son las primeras en entender que no pueden jugar solas.

Saltará frente a Francia en franco papel de víctima, dada la calidad de cada plantel hombre por hombre. Máxime si la lesión de Cavani resulta de gravedad y lo margina del partido. Pero yo creo que Uruguay lleva al menos un elemento de ventaja, no menor cuando de jugar mundiales se trata.

Francia está tratando apenas de consolidar una memoria de mediano plazo entre la ganadora generación de Didier Deschamps y la prometedora generación de jóvenes talentos que actualmente posee. Uruguay parece haber hecho por fin definitivas paces con su memoria de largo plazo, y juega ya no bajo la presión sentirse obligada a ganar como ganaron sus ancestros, sino con la convicción de que puede otra vez ganar perfectamente, como ganaron sus ancestros. Y a la uruguaya.

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