Segunda carta a una joven escritora

Para abandonar de una vez el tema de los textos escritos, querida Maite, me resulta imperativo compartir un par de apreciaciones más respecto a la naturaleza universal de la buena literatura. Estas tienen que ver con lo elemental:

​La creación literaria o la habilidad para escribir bien un texto, que exhiba rasgos del lenguaje y aprovechen la belleza de una lengua en su construcción, tiene más aplicaciones prácticas de las que la sociedad está dispuesta a reconocerle.
​Leer un texto en un periódico, en un libro o en los subtítulos de una película, implica básicamente dos tareas mentales: una, descifrar un código previamente aprendido y, a partir de ahí, formarse una idea mental que emanará del texto, por muy mal que la gramática se desempeñe en él, y, dos, una interpretación o segunda lectura del texto, lo que nos remite a una imagen, por más que borrosa o imprecisa.

​Frente a un texto literario, la habilidad para descodificar imágenes y formarse una idea lo más aproximada posible a la que el escritor formuló (o pretendió formular) al escribir, se llama habilidad lectora y va muy de la mano con la pericia del escritor para escribir gramatical y literariamente bien.

​(Hay que notar que digo “bien” y no “correctamente”. Para la literatura no hay textos “correctos” ni “lindos”, sólo hay textos literariamente bien logrados o no).

​Bueno pues quien tiene en su favor ambas habilidades seguramente es una persona con condiciones para enfrentar por disfrute la lectura de un buen libro. Es, por así decirlo, un buen “escucha” para un buen decidor que se vale de textos escritos para expresar lo que piensa, lo que imagina, lo que sueña, lo que tiene por decir a cerca de su propia experiencia.

​Y si la literatura fuera cosa cotidiana para los políticos, su habilidad para decir—oralmente o por escrito— sería mucho más eficiente; aunque al mismo tiempo, si las sociedades tuvieran la literatura (y en general el arte) como parte de su cotidianidad, su potencialidad para cuestionar sería mejor y la televisión difícilmente se saldría con la suya.

​Por insólito que suene, un país como el nuestro sería más próspero y tendría súbditos —perdón, ciudadanos— más felices si los políticos (¡ah, los políticos!), diputados y gobernantes, atisbaran aunque fuera un poquito en el mundo de lo literario. Suena insólito, pero también suena lógico; veamos por qué.

Escribir bien, para decir lo menos, debería ser responsabilidad del director del plantel, del policía, del panadero, de la madre que escribe un recado para su hijo y hasta del maestro cuando redacta un citatorio para los padres de sus alumnos. Claro, de los propios padres de familia.

En un país que ostenta programas de alfabetización, todo un sistema de educación básica, media superior y superior, cruzadas contra el hambre y prometedores proyectos para acabar con la pobreza, encontrar que gobernantes sin educación, millones de analfabetas, otros tantos millones de familias que sobreviven con menos de 25 pesos diarios y maestros que no saben leer ni seleccionar la música que los divierte (cuando prefieren las tonadillas más simples y los decires de la cursilería), convierte en una broma cada uno de los programas en los que se gasta más dinero del que se justifica, etcétera.

​Sea suficiente por ahora, subrayar que la literatura de Rulfo, por ejemplo, fue ante todo una literatura que se nutrió de verdades verdaderas que su pluma transformó en ficción, pero que retrató sin miramientos pedazos de realidad cruda y no soporíferas mentiras sobre un país con profundas e inocultables desigualdades. Tanta angustia y tanta bruma, pero literariamente bien abordadas.

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