Portugal 1, Marruecos 0: aguas con maléfica

Me resulta curiosa la manera en que buena parte de los analistas futboleros que más respeto, en razón de su incondicional simpatía por el futbol, las maneras, los hábitos y el ideario de la selección española, dan por sentado que el Portugal de Cristiano Ronaldo no tiene mayores posibilidades de llegar demasiado lejos dentro de la competencia.

Por supuesto, en el partido que enfrentó a los dos países ibéricos, España fue muy superior en volumen de juego, en posesión, en control táctico, en llegadas. Pero el empate de los portugueses no fue obra de la casualidad. Fue obra de los recursos en que han elegido resguardarse y de los valores que han elegido defender. El hecho de que esos recursos y esos valores parezcan llevarnos de regreso a las horas más mezquinas de la escena futbolística mundial durante la década de los noventa, ya constituye otro tema: podemos manifestarnos disgustados, enfurecidos, desilusionados, aburridos, traicionados… pero no podemos garantizar que a Portugal no vaya a alcanzarle con eso para aspirar a instancias mayores. Máxime cuando tiene en el campo a ese superdotado tecnócrata de la alta competencia que es su mediático número 7.

Ante el juego chato, conservador, timorato y rígido de los portugueses (quienes quedan íntegramente amparados en los relampagueantes chispazos de su figura), muchos son los que aseveran que se irán por la puerta de atrás más temprano que tarde. ¿Pero qué puede encontrarse Portugal de aquí en adelante por el camino, que sea más difícil que España, como para suscribir tamaña certidumbre? Yo pienso que si Portugal fue capaz de sobreponerse al palpable dominio de un equipo futbolísticamente tan superior a él como la Furia Roja, condicionar favorablemente para sí el trámite del cotejo durante varios lapsos, y al final salir vivo en el marcador final, ningún potencial cruce ante Alemania, Brasil, Bélgica o Francia tiene por qué asustarle.

Hoy, técnica y tácticamente, Portugal jugó un partido lastimero. Idéntico a los que viene jugando desde hace dos años, cuando se coronó en la Euro. El tempranero gol de Cristiano, hizo que el entrenador Fernando Santos se asumiera autorizado a renunciar por completo a cualquier tentación de creatividad y a cualquier voluntad ofensiva. Volvió a ofrecernos su especialidad: noventa minutos de asfixiante tedio. Así  dirigió a la selección griega entre 2010 y 2014, dándole su hasta hoy más destacada participación mundialista. Así cristalizó el sueño portugués de convertirse en campeones de Europa, durante un torneo donde sólo fue capaz de ganar un único partido en tiempo regular (el resto fueron empates, definiciones en tiempo extra o tandas de penales).

Ese detalle me parece crucial. Portugal juega feo, privilegiando el orden, la disciplina y la obsesión por no perder. Pero se nota en el gesto de sus jugadores una seguridad que antaño no tenían. Ya ganaron. Ya saben que pueden ganar.

Durante la Eurocopa de 1996, realizada en Inglaterra, todas las selecciones participantes (incluidas la España y la Alemania que hoy nos seducen, entusiasman y maravillan) jugaron apegadas al mismo ideario de esta selección portuguesa, sin importar que entre sus filas descollaran apellidos como Stoichkov, Del Piero, Bergkamp, Gascoigne, Suker, Djorkaeff, Laudrup.

La única excepción fue la selección portuguesa, integrada por un elenco de artistas que venían de ganarlo todo a nivel juvenil. Quienes no lo vieron, difícilmente pueden imaginar lo lindo que jugaba aquel equipo, encabezado por Luis Figo, Joao Pinto, Rui Costa, Sa Pinto. O al menos lo lindo que intentaba jugar: porque la belleza no estaba de moda, porque en torno de ella se erigían toda suerte de triunfales murallas resultadistas, porque sus propicios cómplices jugaban en otros continentes, imposibilitados para devenir influyente tendencia en Europa.

“Tocan y tocan, y no sentencian”. “Juegan bonito, pero no ganan”. Los mismos reproches que hoy podrían hacérsele a la España que los enfrentó el pasado viernes. ¿Será que los tiempos cambiaron para bien? En parte sí; pero en buena medida se trata sobre todo de la credibilidad y la confianza que otorga haber ganado.

Aunque España no haya podido doblegar a un equipo que todos coinciden en dictaminarle inferior, se le concede el beneficio de la duda: porque ya lo vimos ganar con esos argumentos, y porque tanto a sus jugadores, a su afición y a su emergente cuerpo técnico les aflora en la actitud y el gesto esa recientísima memoria ganadora.

Eso comparte con España este seleccionado portugués; aunque en todo lo demás represente su revés extremo. Aunque para construirse esa misma memoria, parezca estar haciéndolo como cruenta revancha contra el tiempo que le marchitó a la mala y a la fea la que probablemente haya sido su mejor generación.

Y si en una de ésas  Cristiano llegara a conseguir lo que a Messi parece ir a cada vuelta de tuerca quedándole más distante, la obra del malo de la película se vería consumada de modo redondo, completo, total. Maléfica robándole por entero el protagonismo del cuento a la Bella Durmiente.

Yo creo que España debe ser campeón. Yo querría que España fuera campeón. Yo desearía que esto terminara en idílico despertarnos con el beso en los labios de la más hermosa princesa.

Pero aguas con Maléfica, aguas con Cristiano.

De verdad: aguas con Portugal.

Imagen: El Comercio

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