Polvo enamorado

No es costumbre humana mirar directamente al sol de la muerte, aun con las múltiples formas y danzas en que aparece cotidiana, y nos acerca su misterio de diosa oscura. En todo vive, palpita su corazón en todo hálito, incluso en lo que inerte, también va recibiendo el abrazo de la sombra.

Va buscando así puentes y escaleras para manifestarse, oídos y ojos que la escuchen y nombren. Sin embargo, la humanidad le teme a causa de las creencias en infiernos, en castigos eternos, en agujeros negros para los que se ha inventado un escenario.

En ese caldo de cultivo en especial, el miedo a la mortalidad logra sus mejores frutos, proyectando imágenes e ideas que después de los siglos, se resisten a dejar el alma que tanto tiempo han usado de alimento.

No podría negarse que detrás de la enfermedad llamada monoteísmo, ya existía un nudo en la garganta frente a la violencia de los cuerpos en descompocisicòn, la voluptuosidad de los gusanos y el hedor que no aceptaba un no.

La conciencia humana al nacer de entre las brumas prenatales del cerebro, celebró sus fiestas, pero también sus aquelarres y sus misas negras, es decir, la conciencia humana fue al nacer una lámpara y al mismo tiempo un ángel caído temblando de miedo frente al vértigo de ser.

Aun así, en las culturas llamadas con injusticia y desprecio como prehistóricas, y en los supuestos primeros balbuceos de lo humano como tal, ese nudo en la garganta bienaventuraba lo existente, no lo condenaba ni lo convertía en una valle de huesos ni en crujir de dientes.

La muerte ha sido interpretada como un castigo, una condenación, un producto del pecado, de acuerdo a las castas sacerdotales de las religiones que inventaron a un dios único para tener en su poder todas las energías de lo invisible, para demonizar toda otredad y para oponerle una verdad fascista, unilateral, dogmática y hambrienta de venganza.

Volver débiles a quienes luego sometía ha sido la gran tarea evangelizadora de estas religiones, hacer de la humanidad una masa llena de miedo y deseo de la salvación que jamás necesitó, es uno de los grandes proyectos cuyas consecuencias pueden verse en cada parte en donde hay sufrimiento y elogio del sufrimiento.

Candado y potro de tortura perfecto: aterrorizar a los seres con su propio espejo. La naturaleza que en la humanidad tienen también sus convulsiones, fue vuelta enemiga de sí misma, por medio de un ataque sistemático en contra de ella.

En su laboratorio de monstros, la religión inventó una enfermedad por cada característica natural de los individuos y luego se propuso como la farmacia ideal de paliativos, pues su idea no era que los creyentes se sintieran sanos sino enfermos crónicos.

Una forma real de sanar esos agujeros en la luz es darse cuenta y santificar las vías que van del goce a la violencia, del orgasmo a la muerte, del éxtasis a la agonía. Antídoto en contra de la pestilente cruz: reconciliar a los contrarios, celebrar en la interioridad, las bodas de lo alquímico que no es supresión de la otredad sino preñez en los contrastes.

Uno de los ecos más fuertes donde halla ocasión la vida de mostrase a plenitud, de representarse, tiene su lugar en los cauces del eros. Paradójicamente, ahí también intercambian sus disfraces la muerte y la violencia, lo arcangélico y lo nacido entre gritos y mierda.

Cada una de las puestas en escena producidas por el erotismo, cada una de sus mil y un derivaciones, tiene la característica paradojal que aquí se ha dicho, pero sin duda, es en el orgasmo en donde alcanza su cumbre.

Si el Ser se ha puesto en verdad desnudez, ofrenda y sacrificio, en el batallar de los cuerpos en su diálogo guerrero, el éxtasis no puede sino disolverlo; darle ese regalo, ese bautismo, esa bendición.

Como en racimo agitado de átomos, un big bang en el centro de la carne, comete homicidio en contra de la discontinuidad. Un fogonazo en la sombra ilumina y oscurece al mismo tiempo lo que la razón creía inmutable y que la incluye.

Algo en mente y cerebro desconecta su transmisión acostumbrada, devolviendo a los amantes al útero de la nada del que provinieron mucho antes de encontrarse. Llegamos entonces al momento en que la muerte y el orgasmo firman su pacto en lo humano.

Ya después, retorna el ciclo del ave que despierta y al hacerlo deja sus alas en suspenso, a mitad del vuelo. De águila retorna a su condición de albatros. Regresamos. Volvemos. La desnudez entonces parece así un poco incómoda y fuera de lugar, de quicio.

El escenario de la danza cierra su telón, y algo de tristeza, deja vù y melancolía nos da la bienvenida de hijos pródigos. Resucitamos de la muerte que nos entregó un instante los misterios de la otra orilla, los estremecimientos de los mundos, el temblor de las partículas de dios.

A pesar del relato hegemónico de lo erótico, como una fuerza que carece de violencia y más bien lleva a la concordia y armonía entre los seres y las cosas, no pueden darnos engaños las experiencias que hemos tenido: toda pasión, es por naturaleza y cualidad convulsiva, o no es.

El orgasmo vive de matar y agredir lo fijo, el orden, todo aquello creado precisamente como límite u ordenamiento del goce. Orgasmo y muerte así, son quienes hacen al amor en el amor desde antes que fuera posible el universo, al que hicieron realidad al estallar, es decir, al realizar un acto sexual entre lo eterno y lo infinito, es decir, al comenzar la danza.

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