México y Alemania 2, Corea y Suecia 1: Tarde pero seguro

Minuto 95 en el estadio Fisht de Sochi. Alemania, la vigente campeona del mundo, estaba a punto de quedar desahuciada del torneo. El empate a uno la dejaba en la incómoda, precaria situación de requerir un obligado triunfo de México sobre Suecia durante la última jornada, para que (siempre que ella derrotara a su vez a Corea) una eventual ventaja en la diferencia de goles frente a los nórdicos le otorgase el pase a la siguiente ronda. El problema era que en ese partido, a Suecia le hubiera bastado con empatar para garantizar su propia calificación, y a México (que iba a llegar ya clasificado) le hubiera bastado con empatar para asegurarse el primer sitio del grupo. De antemano podía suponerse que el Tricolor saltaría a la cancha con suplentes, y que ni los verdes ni los amarillos expondrían gran cosa, ya con la mira puesta en los octavos de final.

El partido fue agónico, sufrido al extremo. La nueva Alemania (la del toque paciente y educado, la de la inventiva inagotable, la del elegante juego de conjunto) sólo había aparecido como tal por lapsos, al inicio de cada uno de los tiempos, arrebatada por la presión, la urgencia, la creciente angustia; y a semejantes alturas parecía ya no poder apelar sino a su inconsciente colectivo: esa inclaudicable vocación guerrera, capaz de remontar las peores adversidades a puro golpe de temperamento.
El grado de tensión era tal, que Joachim Löw desde la banca nos había brindado una gama de expresiones faciales insospechadas, desconocidas para todos durante sus ya muchos años previos de gestión a la cabeza de la escuadra teutona. No parecía haber esperanza. La debacle había amagado comenzar con una pifia del casi siempre infalible Toni Croos, se había materializado más que viable conjetura con el gol que puso transitoriamente arriba a los suecos, y había dado traza de inapelable consumación al minuto 82, tras la expulsión de Boateng.
Pero, con tal de darle la razón a Gary Lineker en aquello de que el deporte es un deporte donde se enfrentan once contra once, y siempre, siempre, siempre…
Toni Kroos, de tiro libre, desde la banda izquierda en relación a su ataque, marcó un golazo de antología.
Tarde, pero seguro. Créanle a Gary: siempre gana Alemania.
Tarde, pero seguro.
Minuto 93 en la Rostov Arena. México tocaba el balón de un lado para otro entre los ensordecedores “ole” de la tribuna, aguardando el silbatazo final para ver consumado su segundo triunfo de la Copa. Por fin, bajo la batuta de Rafael Márquez (ingresado al minuto 68 por Guardado) había decidido meter la pelota en la congeladora.
El inicio del cotejo había justificado cierto tramo de toma y daca, de matar o morir propuesto por la urgencia de puntos que tenían los coreanos. Pero cuando en el segundo tiempo, y ya arriba en el marcador gracias a sus limitaciones individuales (evidenciadas no sólo por la grosera mano que provocó el penal, sino por su extrarreglamentaria rudeza como casi única herramienta para frenar al rival), y lo adecuado parecía mesurar la intensidad y el vértigo, México aceptó entrar en una franca dinámica de medio campo roto y peligros alternados. Le salió bien, dado que de ese incesante tobogán surgió el segundo tanto, pero cabe preguntarse si resultaba indispensable correr el riesgo de que saliera mal.
No obstante, ya se conoce su tradicional capacidad —positiva y negativa—, para volverse siempre del tamaño de su rival en turno, corresponda al nivel que corresponda. Desde que, hace poco más de un cuarto de siglo, César Luis Menotti la dispuso en la línea de actitud y trabajo todavía vigente, la Selección Mexicana siempre ha sido capaz de agigantarse para jugarle al tú por tú cualquier potencia, pero también de dejar que rivales inferiores se le pongan al tú por tú sin que haya necesidad ninguna.
Peccata minuta para Juan Carlos Osorio en cualquier caso. Asunto del cual ocuparse, pero no del cual preocuparse. Como el ya insuficiente nivel de Rafa para la alta competencia, pese a su liderazgo y sus kilómetros andados (hoy repitió una pifia habitual en su temporada reciente con el Atlas, que casi culmina en gol); como el también notorio mal momento del Tecatito Corona (tras ingresar de cambio, casi no la tocó, y se mostraba en exceso temeroso ante la menor insinuación de un choque); como las inseguridades de novato que aún dan en aflorarle de pronto a Edson Álvarez… como no terminar de redondear a plenitud los cierres de partido.
Peccata minuta, insisto. Peccata minuta, parecía. El Tri estaba terminando de solventar su trámite contra Corea de manera correcta, sin dilapidar ni extraviar el crédito obtenido durante su brillante debut frente a Alemania. Si ante el campeón del mundo lo más importante era el funcionamiento, y una derrota honrosa no se hubiera tomado a mal, hoy lo más importante era el resultado: no ganar como fuese, pero sí hacer valedera en términos numéricos su condición de favorito. Y México estaba lográndolo. Había sido mejor, iba a ganar, tenía en sus manos tanto el pase a la siguiente ronda como el primer lugar de grupo… con una diferencia a favor de tres goles.
Son Heung-min había sido no sólo el mejor hombre de Corea, y casi su única arma ofensiva. Son Heung-min había sido la mejor individualidad sobre la cancha, contabilizando a los jugadores de ambas selecciones. Justificaba así su condición de estrella en el Tottenham, y quemaba así quizá su penúltimo cartucho por evitar el obligatorio servicio militar a que su país está emplazándolo (lo cual interrumpiría de tajo su carrera). Y Son Heung-min obtuvo de últimas su amargo premio de consolación. El gusto que puede quedarle es que, en una de esas, dicha amargura consigue alcanzar también a la larga a quienes hoy lo vencieron.
La tribuna, mayoritariamente vestida de verde, cantaba. El árbitro tal vez se había llevado ya el silbato a los labios para decretar la finalización del encuentro. Son Heung-min, quien regateaba rivales hacia la esquina izquierda del área grande mexicana, cortó hacia el centro, sacó un impecable tiro de zurda. Inatajable pese al vuelo de Ochoa. Gol. Golazo.
A las doce del día, tiempo central de la República Mexicana, ese gol parecía intrascendente, anecdótico. No ponía ya en riesgo el resultado, dado que el árbitro pitaría apenas volviera a ponerse en juego la pelota; no opacaba ni la superioridad ni la buena actuación del Tricolor; no mellaba el hecho de que se hubiera dado otro consistente pasito más en dirección al quinto partido.
A las tres de la tarde, tiempo central de la República Mexicana, ese gol significaba, significa todavía: que si Suecia vence a México el próximo miércoles por diferencia de una anotación, ambos tendrán en todo momento —sea cual sea el resultado— la misma cantidad de goles a favor y la misma cantidad de goles en contra; lo cual obligaría a pasar al siguiente criterio de desempate: el resultado directo entre ambos. En resumidas cuentas, si México pierde ante Suecia, y Alemania lo supera por diferencia de goles luego de su partido contra la ya eliminada Corea, estará fuera del torneo.
La envalentonada euforia de buena parte de la afición mexicana, así como de los eternos patrocinadores de la Selección, podrá argüir que no pasa nada, que ya cambiamos, que ya dimos el salto. Que México sigue dependiendo de sí mismo para garantizarse tanto la calificación como el primer lugar de grupo.
Yo opino que la medida de valoración está fija en el quinto partido; es eso lo único que certificará sin disputa que se ha cambiado, que se dio el salto. Lo que pudiera venir o no después ya se dispensaría (por bien que vea a los verdes no los dimensiono aún en un nivel competitivo y de aspiraciones equivalente al de España o Croacia). Pero si no se alcanzan los cuartos de final, si no se supera la fase de grupos, deberá hablarse sin remedio de fracaso; por mucho que se le haya ganado a Alemania (we play like never, we lost as always).
Parecerá que soy un derrotista agorero, deseando la derrota para regodearme en ella. Nada de eso. Como decía Monsi, se trata de puro optimismo bien documentado. Demasiados años ya de mexicano en activo como para no conocernos. Tarde pero seguro, la angustia.
Frente a Suecia, México efectivamente tiene en sus manos la calificación, tanto numéricamente como en función del futbol que ambas selecciones han respectivamente desplegado. Pero el caso es que, por algún minúsculo desliz propio, por alguna inoportuna peripecia ajena, no llegará a esa instancia definitiva en los términos de tranquilidad que hubiera podido procurarse.
Créanle al “Indio” Fernández: tratándose de México, nada transita sin pasar más temprano que tarde por el melodrama.

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