Los sueños de Gutenberg

LA PERSISTENTE LLUVIA

Fin de semana. Va contenta y expectante, se conmemora el cumpleaños de un conocido. Otros más se pusieron de acuerdo para festejarlo en casa de uno de ellos.

Fin de semana. Va contenta y expectante, se conmemora el cumpleaños de un conocido. Otros más se pusieron de acuerdo para festejarlo en casa de uno de ellos.

Seudos artistas se dan cita y se reencuentran con otros seudos y así, se armó la fiesta.

Felicitaciones al festejado a los conocidos y conocidas (ningún amigo o amiga entre ellos). Salen las botellas, las cervezas, las mezclas. Para ella refresco de toronja solamente. Lo que le agrada de las fiestas es bailar. Rock y blues de preferencia, hasta sudar, sin desfallecer; el cuerpo se enciende cuando pasa el umbral del cansancio.

Inagotable baila, baila, baila… Se percata de unos ojos que la observan. Un tipo que nunca había visto bebe de pie recargado en una columna de la casa, durante la noche se dedicará sólo a eso: tomar y observarla.

Al festejado se le pasan las copas y se le acerca para bailar, trata de seducirla, pero casi cae sobre ella, quien se hace a un lado y él, va a dar a un sillón.

Un amigo presto corre a auxiliarlo. El mismo que minutos después a voz en cuello dice que le dé una noche de placer al festejado. Se lo pide en nombre de él. Que él mismo se lo pediría, pero se le habían pasado las copas. Que él mismo lo animó y hasta habían apostado que se portaría generosa.

¡Imbécil! Le responde ella. Va por sus pertenencias para retirarse, el anfitrión sale a su encuentro preguntándole si trae auto; y si no alguien de confianza la puede llevar. Llama al tipo que la ha observado toda la noche, los presenta, le da todas las certezas de que está en buenas manos.

Se despide, trata de evitar al festejado y al imbécil, pero el primero comienza a gritarle que no lo deje, que él se va con ella, que le gusta mucho, que hasta ahora no se había atrevido a confesárselo.

En cuanto se abre la portezuela entra al auto desconcertada. Le da la dirección de su casa y las gracias al acomedido. Respira profundo, siente sus mejillas aún encendidas, por el baile y por la indignación. Se da cuenta que el acomedido toma sentido contrario al que le indicó. Le pregunta por dónde se irá, él se disculpa, dice que pasará a su taller a recoger unas cosas.

Se detiene en una esquina puede leer con letras desdibujadas: “Los sueños de Gutenberg”. Él se baja del auto, abre la portezuela diciendo que le gustaría enseñarle la imprenta, que será rápido.

Abre una puertecita empotrada en la cortina del lugar, le cede, después de pasar él la cierra con llave, cosa que a ella no le pasa desapercibida.

Enciende un foco y frente a ellos aparecen tres espadas relucientes formando un abanico, sostenidas de la empuñadura en un armatoste de metal.

Contrastan con el sitio que luce empolvado, semi abandonado. Comenta que era de su papá… Ella casi no le escucha, en su mente están las espadas relucientes. Le pregunta de ellas. Dice que practica esgrima, que las ha pulido porque es imprescindible tenerlas listas.

¿Para esgrima y afiladas? Se preguntaba ella. ¿Listas? ¿Para qué?

En ese momento ya finge una tranquilidad que perdió en cuanto aparecieron las espadas relucientes.

Él le pide pasen a una segunda habitación en la que hay anaqueles y mesas empolvadas. (Donde están las espadas se encuentran también un par de máquinas de imprenta empolvadas).

Al final de la segunda habitación hay un tapanco. La hace subir, quiere que conozca el lugar donde se aísla del mundo. Le cuenta de las glorias de “Los sueños de Gutenberg”, de su familia. La invita a sentarse en un catre. A esas alturas ya se encuentra aterrada.

¿Por qué había accedido a todo? A subirse al auto, a entrar en ese lugar. ¿Por qué no corrió en cuanto él abrió la portezuela? Y las amenazantes espadas relucientes. ¿Todo se encontraba armado para causar un impacto? ¿Tal vez esta era una más de las apuestas que hubo en la fiesta, consensuada entre cuates, entre amigos?

Le dice que desea ir al baño, pero ahí no lo hay le contesta él.

Se encuentra con un desconocido, en un lugar desconocido y abandonado, donde tres brillantes espadas afiladas le taparon la boca. Era una amenaza la manera en que estaban colocadas, con las puntas afiladas hacia arriba. Estaba atrapada.

Mientras repasa todo eso, el tipo ya desabrocha su suéter y blusa diciéndole cosas que en nada concuerdan con ella, como si se las estuviera diciendo a otra persona.

Que si es el amor de su vida, que si la luna y la noche son propicias para consumar su amor.

¡Es de locura, él le habla imitando voces de actores! Ella no dice nada, no hace falta él sabe un argumento en el que escucha que ella le contesta.

La desnuda lentamente, el cuerpo de ella tiembla, no de deseo ni de pasión sino de terror. ¿Qué pasará después de que la viole? Él se empieza a desnudar lentamente, demasiado; le exige vea como lo hace. Después se recuesta a su lado sin dejar su parlamento. Cuando la penetra a ella le entran infinitas ganas de orinar y vomitar y así lo hace. El no parece despertar de su sueño de Gutenberg; al contrario, parece que le excita y empieza a convulsionarse frenéticamente hasta saciarse y proferir cantos agudos diciéndole cuanto la ama. Suspira y suspira hasta quedarse callado.

Cuando recupera el aliento le dice que la llevará a su casa.

Ella se levanta apresuradamente, se limpia asqueada la boca y la entrepierna. Se viste con premura.

El hace lo mismo ya en silencio. Bajan el tapanco y al traspasar esa segunda habitación las espadas relucientes parecen decirle adiós.

Al salir siente el aire fresco de la mañana en su rostro. Y mientras él sale y cierra la puertecilla de la cortina de entrada a “Los sueños de Gutenberg”, ella da vuelta en la esquina, y se echa a correr hasta sentirse segura de tomar un taxi a su casa. Llegará a tiempo para darse un baño, llorar en la regadera, después, preparar el desayuno y compartirlo con sus hijas.

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