La paz de la violencia

AB ORIGINE 

Las poblaciones integradas por multitudes (con frecuencia de origen provinciano) difícilmente conservarán en la metrópoli los comportamientos, actitudes y saberes teóricos y prácticos inherentes a su origen, con que pudieran, en nombre de la continuidad, configurar una tradición socialmente aceptable y cuya personalidad reflejara las influencias de su pasado histórico con las evoluciones culturales resultantes. La dificultad estriba en que cada cultura particular de las sociedades migrantes se alejó de su mejor asidero: el territorio, rasgo de identidad que se ha quedado en el terruño para sumarse a una cultura diversificada que lo desconoce y, por más que rica y variopinta, no pretende el enriquecimiento multicultural sino el desarrollo de una cultura nacionalizada sobre la reducción de las demás.

Si es cosmopolita, es metropolitana, y las necesidades que adquiere confluyen en una forma de existencia donde la penetración cultural encuentra condiciones para instalar hegemonías con pretensiones de poder como el consumismo y la dominación masificada. El ostracismo sumado a la ausencia de opiniones críticas relacionadas con el entorno, no digamos nacional o planetaria, al menos, local, pues no es fácil ya identificar el rostro del enemigo ni su naturaleza, es uno de los males que acarrea tal dominación. Veamos por qué:

Le dije a un conductor del servicio público, en Morelia, que manejaba hablando por teléfono: “Oiga, si quiere puede orillar la unidad para que conteste su llamada”. La reacción del conductor: “Espérame tantito —le dijo a su oyente—, ‘orita te llamo; es que acá hay alguien que… este…”. Y colgó, a pesar suyo.

Son notables un par de cosas inherentes a la cultura, ésta de la que hablamos: El infractor no dijo “llámame más tarde, ahorita voy conduciendo —claro, seguro que fue él quien marcó—”; lo que dijo, a pesar de que apenas tuvo tiempo, fue “acá me está llamando la atención un buey”.

No tuvo salida y, aunque me costara reconocerlo, lo mío fue una reclamación. Claro. Lo de ‘podemos orillarnos un rato’ fue un ofrecimiento, por más que decidido, sólo para ver si recapacitaba. Como cuando mi hijo de once años le deslizó a un tipo que tiró un papel en la banqueta: “Oiga, señor: se le cayó un papelito”. Esta frase que no funcionaría igual que “¡viejo cochino, no tire la basura en la calle!”

Lo otro que es notable es la violencia condescendiente que representa la parsimonia con que los pasajeros quieren pasar por pacíficos al elegir no reaccionar al cinismo de un conductor que, en sus narices, infringe las reglas a pesar del anuncio que lo prohíbe. Da la impresión de que no merecen el derecho a tener derechos, porque cuando alguien se los manosea y abiertamente se burla, o tienen miedo o no les importa alentar la corrupción que, según dicen, les indigna tanto.

Su pasividad contra la violencia de quienes nos violentan es violenta, por más que la resignación sea cosa de su albedrío e, igual, merezca respeto.

En una sociedad cosmopolita integrada por multitudes, la indiferencia es el camuflaje que mimetiza al diputado corrupto —perdón por el pleonasmo— al líder transportista, al maestro burócrata que escoge no enseñar, al patrullero. Las formas culturales son tantas y tan diversas que la unificación en torno a una tradición es prácticamente imposible y sus manifestaciones, que obedecen a culturas particulares, configuran una tradición urbana que acaba por ser un desfiguro. Lo van a ver día del Grito.

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