La cultura que se daña

Ab origine

Con un abrazo para Sebas

Pretender que se “favorece” el fortalecimiento de identidades por medio de la promoción-exhibición de las tradiciones (así las llaman) y sus manifestaciones artísticas, en lugar de fortalecer las estructuras locales que les dan sustento y vigencia en las comunidades, es lo que se conoce como “bastonazos de ciego”.

Las tan llevadas y traídas tradiciones se les han contaminado con catrinas para lo que era el Día de muertos, santacloses para la Navidad y juandiegos (“mexicanos” disfrazados de mexicanos) para venerar a la virgencita.

Sin condiciones para identificar lo que integra y lo que no a la cultura de un pueblo, el rumbo de la promoción cultural impulsada por individuos o instituciones está perdido. Veamos por qué:

Como en otros pueblos de la Meseta, el Lago de Pátzcuaro o la Cañada, en Ihuatzio se celebra la Navidad con la organización de pastorelas que encabezan jóvenes y muchachas: danza, cantos a capella, expresión teatral, adoraciones al Niño Dios y baile. La fiesta incluye ermitaños, ángeles y demonios y es el primer cargo que asume una persona soltera, si lo desea.

Con la asunción del papel de un personaje, el chico adquiere una función en la celebración y un status en la comunidad; un compromiso que, aunque los padres corren con los gastos, al joven le retribuye méritos y prestigio locales.

De esa manera, hacer el papel de Bras, Vato, Silvio o Feliciano, más allá de memorizar sus líneas y representar más bien o menos bien al personaje, en lo que sería algo así como la puesta en escena, el primer pastor es también el Capitán de la pastorela y los demás son su segundo, tercero y cuarto mayordomos. Como tal se les trata y se les reconoce un lugar y una fecha en la fiesta, que dura cuatro días, pero no está permitido que ningún primer pastor, ermitaño o luzbel intercambie con alguien más o abandone su personaje para, digamos, divertirse más.

Hasta que se permitió. ¿Qué es lo que sucedió?

Pues nada que, merced a su condición de anonimato, a los personajes enmascarados les está permitido gracejar, juguetear y divertir a la concurrencia con gestos inusitados y hasta ridículos. Esta oportunidad de acercarse a las muchachas del pueblo, incluso vandalizar y hasta excederse con el alcohol sin la sanción social correspondiente, fue haciendo más popular investirse de diablo o ermitaño que de pastor. Así, los pastores capitanes o mayordomos, asaltaron la costumbre, abandonando su personaje pero sin sacrificar el prestigio. Es más: buscando cierto prestigio.

El número de diablos y ermitaños aumentó al grado de que hoy en día son prácticamente incontrolables, sobre todo cuando aflora la controversia y la pelea entre barrios.

Sebastián, quien deseaba ser primer pastor, hizo un esfuerzo por recuperar las formas de organización que se perdieron, devolviéndole a los jóvenes sus funciones originales y confió en que podría persuadir a sus amigos de reinstalar en su lugar los más viejos elementos de la fiesta, evitando intercambios, a modo, de personajes y funciones. Al final decidió que no se puede y abandonó el liderazgo de encabezar la pastorela. A su manera, realizó un acto de verdadera promoción cultural cuando se negó a seguirle el juego a un capricho inmaduro y personal, pero no de sus amigos, sino de los padres de sus amigos.

Ocurra en la escuela o en la comunidad, antes que hacer nada “en favor” del desarrollo cultural están las cosas que la transgreden y que hay que dejar de hacer.

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