La cultura que no sirve

AB ORIGINE

Por inquietante que sea la noticia de que algunas culturas no sirven, las hay. La determinación de los valores universales suele tomarse a partir de criterios de imparcialidad y la identificación de consecuencias por actitudes humanas “desde una supuesta razón universal sobre cuya base se deciden principios fundamentales de la justicia”. Tal criterio, por más que mayoritario, es falso. Para poner un ejemplo: frente a una multitud volcada sobre la Selección Mexicana de fútbol, o a los pies de la virgencita, o llorando por la muerte de Pedro Infante, sería igual que creer que millones de mexicanos no pueden estar equivocados. (Lo innegable aquí es que estos millones son una multitud, pero quién sabe si mayoría).

El criterio de las consecuencias enarbolado por el mundo occidental y según el cual ciertos valores que han sido vehículos del progreso y la modernización ha pretendido probar que tales valores deben aceptarse universalmente, pues “satisface las aspiraciones de las sociedades industrializadas”. Tal criterio es igualmente refutable pues no existen legítimos derechos para afirmar que el progreso tiene un solo sentido, que modernización y progreso son lo mismo, que la modernización traerá aparejada la igualdad, tan predicada por los Derechos Humanos, o que ha significado la total satisfacción de necesidades humanas básicas. Y quién sabe cuál de estas confusiones sea más lesiva para las sociedades marginadas. ¿No es verdad que para completar su obra el Ayuntamiento de Morelia terminará cediendo a los “comerciantes formales” los espacios “peatonalizados”, pero echando fuera de su Centro Histórico, como ya lo hace, a indígenas, campesinos y artesanos urbanos?

Más aún: sin el afán de espacios en los partidos políticos —aspiración legítima de las personas, pero con cuidado de no atribuirlas, a chaleco, a pueblos indígenas específicos—, sin la pretensión individual de los beneficios del presupuesto público y, por supuesto, sin una Secretaría que, botín de líderes, simula atender las demandas de las etnias, pero sí con las posibilidades administrativas para decidir sobre sus derechos y su cultura, en ámbitos locales e internacionales, es hora de abandonar la idea de que la historia tiene un solo sentido, de que lo que se percibe como progreso ha de beneficiar a todos los pueblos sin excepción y de que las conquistas de Occidente son un bien para todos.

Cuando nos detenemos a pensar en lo que ha sido “progreso” nos asalta la duda y la sospecha de que en realidad hemos incurrido en equivocaciones graves: dos guerras mundiales, la amenaza de una guerra nuclear y los desastres ecológicos y, para colmo, la amenaza militar contra el gremio de maestros rurales e indígenas que algo podrían hacer en favor de la conciencia de quienes se guían por la televisión. Esas son las sociedades —amplias o reducidas— cuya cultura es tan servil, como inútil. No sirve.

Con todo el derecho que tienen a estarlo, tales multitudes por supuesto que pueden estar equivocadas, pues está claro que para ellos la virgencita, la selección y su “ídolo de Guamúchil” son intocables, de la misma manera que habrá millones de personas que no ven jamás un partido de futbol ni van a La Villa ni gustan de Amorcito corazón. Es posible además que esa gente sea minoría, pero no será eso lo que desmorone el carácter universal de actitudes humanas que van haciendo la tendencia moral de algunas culturas. Tal escepticismo también es intocable.

Comentarios

comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *