Japón 2, Senegal 2: El túnel del tiempo

“El túnel del tiempo” es una serie norteamericana de ciencia ficción de los años sesenta, cuyas voces de doblaje mexicano deben estar instaladas a nivel de jungiano arquetípico en el inconsciente de dos o tres generaciones de mexicanos, a las cuales tocó verla sucesivamente, si no mal consigo recordar, en los canales 8, 5, 4, 9…

La serie, a lo menos desde mi perspectiva y gusto, resultaba algo ambigua a la hora de sentimentalmente enjuiciarla. Por un lado, la idea del viaje retrospectivo en pos de épocas remotas, siempre ha resultado para la mente infantil por demás seductora. Pero por otro, el leitmotiv básico para dar sentido a una larga sucesión de capítulos, es decir, que los protagonistas no consiguieran nunca regresar al presente, provocaba un sostenido aire de impotencia y angustia. El mismo de “Perdidos en el espacio” (la tripulación eternamente imposibilitada para volver a la tierra) y de “El hombre increíble” (David Banner alejándose mochila al hombro con el término de cada capítulo, entre los mismos acordes de piano repetidos).

Algo de eso tuvo el empate entre Japón y Senegal, verificado en el estadio de Ekaterimburgo. Algo de esa seducción y algo también de esa angustia.

Porque era el Senegal del 2018, pero bien podría haber sido aquel Camerún de 1990, o aquella Nigeria de 1994 y 1998, así como sus sucesivas herederas (Ghana, Costa de Marfil, la propia Senegal de 2002). El África negra eternamente suspendida en un impredecible volado a “águila o sol” entre sus prometedoras virtudes y sus recurrentes, atávicos defectos.

Porque era el Japón del 2018, pero era la misma cuenta pendiente de toda la vida, que iguala desde hace ya tantos lustros a nipones y a coreanos en la condición de supremas potencias asiáticas y a la vez decorativos complementos menores de la escena futbolística mundial.

Senegal es la misma eterna promesa africana de colorida fiesta, cabalmente sustentada en el talento individual de varios de sus jugadores y en unos cuantos luminosos chispazos de juego colectivo. Pero es también la displicencia irresponsable, la falta de continuidad durante el transcurso de cada encuentro, la repentina desorganización generalizada, la inconsistencia táctica.

Hoy se fue arriba tempranamente y de manera justa, exhibiendo que hombre por hombre se encontraba muy por encima de su rival, amagando un potencial triunfo de aplanadora… y luego se desentendió del encuentro, dio por sentado que ya había ganado, dejó crecer a Japón, comenzó a ser superado en todas las líneas, mereció perder la ventaja (y la perdió), mereció irse abajo en el marcador (y milagrosamente no se fue). Y cuando, ya avanzado el segundo tiempo, daba la impresión de que a lo máximo que podía aspirar era a no llevarse la derrota, gracias a las limitaciones técnicas de los japoneses, brotó en el área nipona con una prodigiosa joya, un derroche de genio y acompañamiento, para consumar un gol por demás hermoso. Al final Senegal volvió a verse empatada, y la expresión en el rostro de sus jugadores denotaba que no tenían demasiado claro cómo había ocurrido: ni lo bueno ni lo malo. Así mismo nosotros, no tenemos manera de saber qué esperar de ellos en el siguiente partido: nos gustaría creer en su evidente capacidad para la magia, pero bien puede ser que su inconstancia y su tendencia a la desorganización malogren todo ensueño.

Japón es el mismo despliegue de tenacidad, orden, constancia y disciplina de siempre. Y puede decirse que, en  lo que corresponde a preparación, propuesta táctica y planteamiento de partido, ha avanzado enormidades, amaga acaso proyectarse ya por completo fuera del túnel del tiempo para proponerse interlocutor hasta del más pintado en el presente. Pero el túnel del tiempo lo reclama, lo absorbe, lo devuelve hacia atrás debido la reiterada precariedad técnica de la inmensa mayoría de sus jugadores. Por trabajo colectivo, por continuidad de juego, por dominio general en casi todos los terrenos estadístico, Japón hubiera sido quizá merecedor de la victoria. Pero le malogra siempre el clímax lo impredecible, lo no calculable, lo no mesurable. Lo que ninguna avanzada sofisticación tecnológica ni ninguna esmerada planeación corporativa puede otorgar: la inspiración artística, la irracional creatividad, el azar cómico o trágico. Hoy no había manera de anticipar desde la mecánica previsión ni el pésimo rechace del portero Kawashima que dio origen al primer gol en contra, ni la sucesiva improvisación de genialidades que consumó el segundo (media ruleta de Sabaly, taquito de Niang, incorporación y cierre de Wagué). Hasta sus dos anotaciones, aunque soportadas por el respaldo táctico que había colocado el trámite del partido a su favor, provinieron del terreno de lo impredecible: un balón largo que controla Nagamoto, pero cuyo remate final le quita con un soberbio disparo Inui;  un centro que el central senegalés le quita a su guardameta, y que posibilita la segunda jugada donde Inui asiste a Honda.

Agradable el partido. Dignos de todas nuestras simpatías ambos equipos —pesar de sus defectos— en razón de su entrega y sus  opuestas virtudes. Pero todo parece indicar que, si la fortuna les sonríe, a lo más que podrán aspirar es a protagonizar brevemente, en obvia calidad de víctimas, otra de aquellas célebres series setenteras: “Tierra de gigantes”.

Hasta que dentro de cuatro años, si no se quedan en su eliminatoria continental, volvamos a verlos de regreso en otro capítulo más de “El túnel del tiempo”.

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