#EcosDeLaCopa México y Chile: los poetas querían ver las estrellas

Antonio Aguilera / @gaaelico

Hoy se enfrentan México y Chile en la Copa América, y más allá de lo agridulce que vaya a representar el resultado final del partido, este capítulo se sumará a una añeja relación entre estas dos naciones, que parte de una especie de confraternidad y hermanamiento tácito entre dos pueblos que bien pueden compartir un ágape con vino tinto y tacos de barbacoa.

Entre México y Chile existe una distancia geográfica de 7 mil 357 km, pero eso no ha detenido los lazos culturales, políticos y hasta ideológicos de ambas naciones. Fue Salvador Allende uno de los promotores de la fuerte vinculación de nuestro país con la nación andina, y para extrañamiento de los mexicanos, el presidente socialista mantuvo una relación estrecha y cordial con el priísta Luis Echeverría, que para fueron internos desplegó una política muy semejante al terrorista Pinochet.

Por ello, a los chilenos jamás se les olvida que tras el derrocamiento del presidente constitucional de Chile, Salvador Allende, el gobierno Luis Echeverría, rompiera relaciones diplomáticas con ese país y que estableciera uno de los puentes humanitarios más destacables y loables encabezados por el ex rector de la UNAM, Gonzalo Martínez Corbalá, quien transformó la embajada mexicana en Santiago en un asilo de vida amnistía y esperanza.

Plantando cara de forma valiente a las razias asesinas de los esbirros de Pinochet, Martínez Corbalá y cobijó a decenas de perseguidos por la dictadura, en especial a académicos, artistas y activistas políticos cercanos a Salvador Allende. En especial Corbalá logró rescatar a la viuda de Allende a sus hijas, a quienes las refugió en la embajada mexicana, después de la irrupción de la Junta militar encabezada por Pinochet. Ahí permanecieron cuatro días. El 14 de septiembre, dos soldados increparon a Martínez Corbalá y le apuntaron a las costillas. Hortensia Bussi, y dos de sus hijas, Carmen Paz e Isabel. Partieron hacia México al otro día, el 15 de septiembre de 1973.
Corbalá es tan querido en Chile que a algunos de los menores que rescató en la panza de sus madres embarazadas, los nombraron como Gonzalo Salvador, pero siempre se lamentó no haber sido lo suficientemente tenaz para rescatar a la última joya de las letras chilenas: Pablo Neruda.

En una amplia y maravillosa entrevista que el ex embajador mexicano en la época del golpe de estado ofreció al diario El País en el 2013, un añoso Martínez Corbalá relató a la periodista Verónica Calderón que en las horas posteriores al salvaje asalto a La Moneda (el palacio de Gobierno chileno) se desplazó con la única protección de su inmunidad diplomática a la Isla Negra, la última morada del poeta, para convencer a Neruda de que aceptara el ofrecimiento del Gobierno mexicano y partiera al exilio, lejos de la atroz persecución del régimen pinochetista.

Neruda, fiel a sus convicción política señaló que moriría en su tierra junto a sus camaradas, pero un día después cedió, y acordaron que saldría en un vehículo oficial de la embajada chilena el 22 de septiembre, era un viernes, pero el poeta canceló de último momento, y envió un cable al embajador mexicano, con una lacónica respuesta: “Mejor el lunes”. Ese lunes nunca llegó, porque de acuerdo a la parte oficial, el Nobel de Literatura murió el domingo 23 de septiembre de 1973 a los 69 años, presumiblemente envenenado.

Muchas eran las razones de Neruda de refugiarse en México, y en esas horas aciagas tal vez pasaba por la mente del poeta su amistad entrañable con un poeta muy nuestro, Don Ramón Martínez Ocaranza.

Una anécdota que contaba la viuda del poeta michoacano, la maestra Ofelia, Neruda y Ocaranza profesaban una especie de compadrazgo poético, el cual refrendaron al trinar las faloras rotas en la Plaza Mayor de Pátzcuaro.

El bardo chileno viajó a México en la década de los 60, invitado como agregado cultural de la embajada chilena en nuestro país, y tras un vaivén de eventos diplomáticos, y recorrer las calles de la Ciudad de México, Neruda telefoneó a Morelia, para contactar al maestro Martínez Ocaranza. Entonces, planearon un encuentro el autor de Canto General con el poeta de Patología del Ser.

La maestra Ofelia reseña que el poeta michoacano planeó una visita de interés cultural por Pátzcuaro y las comunidades de la rivera. Al otro día Neruda tocaba en la puerta de Ocaranza, y tras una breve plática, los dos comunistas tomaron rumbo a la capital del antiguo imperio purépecha, en donde la tranquilidad ribereña les permitiría platicar sobre la materia que ambos amaban: la poesía, la literatura, y la política.

Fue un verdadero viaje de placer para ambos: Neruda disfruto el lago y se deleitó con un convite culinario de cuño purépecha, y Ocaranza disfrutó la sapiencia del chileno.

A la par de los tintos, confluyeron las citas literarias, los análisis políticos, la música y al final unos buenos mezcales, un aguardiente que era nuevo en el paladar del poeta andino.

Tras una amena tarde en Pátzcuaro, decidieron los parroquianos excelsos sentarse en las bancas de la plaza Vasco de Quiroga, en donde le atizaron al recuerdo y urdieron prospectivas a futuro. Y como diría Joaquín Sabina, les dieron las 11 y en la plaza colmada de soledad, ambos se enfrascaron en un amplio debate literario a la luz de las farolas.

Cerca de la media noche –reseña la Maestra Ofelia- Pablo le dice a Ramón: “oiga, compadre ¿cómo que algo nos impide a que filosofemos y poeticemos bien, algo nos impide estar directo con las estrellas dialogando?, y tras encender su pipa, Ocaranza decide cortar de tajo la fisgonería luminaria de las farolas de la plaza, y tras un acuerdo silencioso, tomaron varias piedras y arremetieron con las luces artificiales, para dar paso a las naturales, después de quedarse a obscuras suspiraron.

De inmediato, la guardia policías ubicada en la alcaldía los detuvieron y los refundieron en los separos municipales.

Tras pasar la noche en la barandilla patzcuarénse, los policías los interrogan sobre su identidad y origen, en donde Ocaranza les aclara a los oficiales que en su prisión se encontraba el mismísimo Pablo Neruda, por lo que tras un telefonema de confirmación a Morelia, se desplaza varias unidades oficiales de la Presidencia de la República para recoger al diplomático chileno.

En su declaración que quedó registrada en la hoja de reportes, ambos poetas respondieron que habían roto las lámparas “para que contempláramos mejor el cielo y las estrellas”.

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