#EcosDeLaCopa Las tortillas tienen la culpa Dr. Freud

Antonio Aguilera / @gaaelico

En el Mundial de Chile en 1962, México ni pretendía ser campeón del mundo ni mucho menos, pero la esperanza nacional se basaba en una gran actuación de nuestro seleccionado, para tratar de inmiscuir al país en el concierto de las naciones exitosas, una aspiración perpetúa en nuestra idiosincrasia nacional.

Para conseguir un boleto a la pasarela internacional, el entrenador de la selección, el mítico Nacho Trellez echo mano de los mejores jugadores mexicanos del momento, y tomó como columna vertebral al campeonísimo Guadalajara, ya que las Chivas levantaron la copa 7 veces en esa década.

Para ello, se llevó a Chile al dream team de la época dorada: Jaime “El Tubo” Gómez, Arturo “Curita” Chaires, Guillermo “El Tigre” Sepúlveda, José “El Jamaicón” Villegas, Juan “Bigotón” Jasso, Isidoro “Chololo” Díaz, Salvador “Chava” Reyes, Héctor “Chale” Hernández, entre otros. A quienes se sumó el también mitológico Antonio “La Tota” Carvajal, como cancerbero.

“Ahora sí, dejaremos de ser el Ya merito”, fue la frase de la vox populi que se viralizó en las calles del país, y las esperanzas de éxito y trascendencia para superar la mentalidad del fracaso, se ponía en los pies de los “campeonísimos”.

La selección partió a tierras sudamericanas a principios de mayo, casi un mes antes del inicio del mundial, ya que Nacho Trellez consideraba que era necesario que los connacionales se aclimataran a Viña del Mar, para ello los alojaron en el lujoso Hotel O’Higgins, famoso por ser albergue de los artistas participantes del Festival de Viña del Mar. La despedida en el aeropuerto internacional Benito Juárez del DF fue apoteósica, y hasta el cardenal del país les dio su bendición.

Al conocer a sus rivales de grupo, los nervios del país se pusieron de punta, ya que los nacionales enfrentarían en el primer partido el mismísimo campeón del mundo: Brasil, y su fulgurante estrella, Pelé.

Sin embargo, para el desahogo del país, el ariete del Santos, se lesionó de la forma más mentecata, al golpear con fuerza el pasto, lo que lo dejo a medio gas para enfrentar a una “decidida” selección mexicana, como lo reseñaban los medios brasileños.

Fue entonces que comenzó a forjarse la leyenda del sucesor de O´Rei: Garrincha. Otra vez, se le erizó el cabello al país, porque el nombre imponía, y ahora la pregunta que corría como reguero, era: ¿Quién va a detener al brasileño?, y la respuesta que se venía a la mente de los mexicanos fue unísona: “El Jamaicón” Villegas.

A los mexicanos no se les olvidaba que apenas un año antes del Mundial de Chile, José “el Jamaicón” Villegas fue uno de los pocos que pudo detener el ferrocarril de Francisco Dos Santos “Garrincha”, cuando jugaba en el Botafogo, durante un encuentro en el estadio de Ciudad Universitaria. Entonces, los ojos, los corazones y las veladoras se pusieron sobre oriundo de colonia La Experiencia, en el corazón mismo de Guadalajara.

En los días previos al partido frente a Brasil, se colocaba la foto de “El Jamaicón” con veladoras encendidas en algunas casas de su natal Guadalajara, y también de muchos Niños Dios, vestidos con la playera del campeonísimo. La sangre bullía en el cuerpo de la nación previo al silbatazo inicial.

A la par de “el Jamaicón”, también se le quemaba incienso a las piernas de “Chava” Reyes, de “El Tubo” Gómez, de “Chololo” Díaz y a las manos de “La Tota” Carvajal. Se hablaba hasta de peregrinaciones al Tepeyac, para rezarle a la Guadalupana, para que ahora sí, la oncena nacional le pudiera dar una alegría a un país, que por entonces políticos y otros sectores se la negaban.

El primer encuentro paralizó a México, y en la frecuencia de la XEW y algunas pocas televisiones se desbordaba del raiting, todos pendientes de la selección de Nacho Trellez y del desempeño del chiverío campeonísimo. A pesar de que el Estadio Sausalito, en Viña del Mar la gente se colmó para ver al campeón del mundo, en México el silencio paralizado por el nerviosismo hacía posible que se escucharan hasta el zumbar de las moscas.

El primer tiempo, la defensa mexicana y los lances de “La Tota”, narrados en el límite de la esquizofrenia por Ángel Fernández, eran verdaderos golpes a la vejiga de los mexicanos, que estaba a punto de reventar de los nervios. Algunas tímidas llegadas de Chava Reyes o de Jasso, eran exaltadas por el cronista, para insuflar más la esperanza. En estas, llegó el primer tiempo, y los mexicanos respiraron tranquilos y ahogaron un rato las neuronas y el sistema nervioso en la dormidera del pulque, el tequila y la cerveza.

Sin embargo, el segundo tiempo todo fue fugaz y la esperanza se diluyó rápidamente: El lobo Zagallo nos dio el primer golpe al minuto 56 y tan sólo 10 minutos después, Pelé nos despertó duramente (como siempre) a la realidad. Sin embargo, en el alma de los mexicanos pervivió ese fenómeno psicológico que aun ahora resulta inexplicable: la frustración alegre: “le dimos la pelea al campeón. Pudo haber sido peor”, se dijo entonces.

La esperanza –el báculo del alma del mexicano- resurgió con mayor fuerza cuando enfrentó a los representantes de la España de Francisco Franco, a la que creíamos débil por ignorancia, ya que en los hechos se le llamaba el equipo de la ONU (armada con el multi campeón Real Madrid): Puskas (Húngaro), Santamaría (Uruguayo), Di Stefano (Argentino), Eulogio Martínez (Paraguayo) junto con Paco Gento o Luis Suárez.

Pese a la escuadra estelar, una vez más La Tota Carvajal fue nuestro mejor jugador, ya que le paró todo al diablo húngaro y a la saeta rubia. Al final el llamado el equipo de la ONU sólo consiguió una pírrica victoria ante México, con un solitario gol de Peiró que remató en el minuto 89 a la red tras un balón centrado por Paco Gento. Se acabó el sueño, ya que las posibilidades de clasificación dependían que la España de Franco le ganara a Brasil y que nuestra selección derrotara a la misteriosa Checoslovaquia.

El último juego frente a los Checos fue al final la primera victoria en la historia de lo mundiales para nuestra selección, y representó la conformación de ese paradójico ying yang que pervive en nuestra alma: la conjunción entre el fracaso y la lucha contra el derrotismo.

México ganó 3 a 1, con goles de Isidoro “Chololo” Díaz, Alfredo del Águila y Héctor Hernández, por vez primera el Tri (entonces vestido de guinda) rompía el maleficio mundialista. Luego, la catarsis: al fin el alma mexicana podría desbordarse y los nervios se despresurizaban a fuerza de tequila. Una alegría al fin en nuestra histórica secuela de derrotas deportivas.

Sin embargo, el drem team regresaba al país a tratar de darle una respuesta a la alta expectativa de los mexicanos: ¿pos que pasó?

Carlos Calderón Cardoso en su Anecdotario del Futbol Mexicano (Ficticia, 2006), detalla que los medios de comunicación se le acercaron al “Jamaicón” Viilegas para que explicara porque no pudo parar a Garrincha o a Di Stefano, y su respuesta forma parte ya del bagaje traumático que están cincelado en lo más profundo de nuestro espíritu: “extrañábamos la comida”.

Esta anécdota se suma a la que previamente había manifestado el propio Jamaicón en una gira premundialista en Portugal. En Lisboa, la selección nacional fue honrada con una cena de gala. Todo iba bien. Buena comida, comentarios positivos, ánimos para los siguientes juegos y para lo que el Campeonato Mundial en Chile les llevaría en breve. De pronto, José Villegas no está más en la mesa y nadie sabe de él.

Trelles, preocupado por sus jugadores, lo busca por distintos lados del salón donde se había realizado la gala. Cuál habría sido su sorpresa al encontrarlo sentado, con las piernas dobladas y las rodillas al pecho, entre las que ocultaba su rostro anegado de lágrimas. Trelles lo indaga acerca de la situación y sobre si ya cenó.

Entonces el Jamaicón nos pintó de cuerpo entero, y de su boca habló la mismísima alma del país: “¡Cómo voy a cenar si tienen preparada una cena de rotos. Yo lo que quiero son mis chalupas, unos buenos sopes o un rico pozole y no esas porquerías que ni de México son”.

Tal vez, si el profesor Sigmund Freud estuviera vivo entonces, reescribiría alguno de sus tratados de psiquiatría para entender nuestra alma, y podría dedicar algunos capítulos para tratar de explicar qué es el “síndrome del Jamaicón”, y que nos dijera las razones el agachismo mexicano en tierras extranjeras, las razones de nuestra nostalgia, la melancolía y al añoranza por nuestras tierras que se manifiesta en el dolor gastronómico, lo que no nos permite superar el trastorno de estar lejos de la casa y del país.

Tal vez ya superamos el llamado “síndrome del Jamaicón”, o quizás, lo más seguro es que lo hayamos resulto a la mexicana, y mejor nos cargamos unos kilos de tortillas a toda tierra extranjera que pisemos en el futuro.

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