#EcosDeLaCopa Estadio Nacional de Chile: Los fantasmas y el poeta

Antonio Aguilera / @gaaelico

(Con cariño para Eduardo Andrés)

Hoy vuelve a rodar el balón, y como un imán encantado, atraerá los ojos de millones de televidentes para atestiguar la confrontación deportiva de 22 hoplitas que buscan ganar la Copa América, el certamen entre selecciones nacionales más antiguo del mundo.

La edición del torneo continental toca tierra en Chile, y comienza justamente en el Estadio Nacional Julio Martínez Prádanos, en Santiago, o como los andinos comúnmente lo señalan: El Estadio Nacional.

Si la final de la Champions en Europa, nos recordó el pasado infausto del Estadio Olímpico de Berlín, que fue convertido en la tea de la ideología y la parafernalia propagandística Nazi por su aciago líder, Adolf Hitler, el Estadio Nacional de Chile encierra una de las historias escritas en el libro de la infamia, ya que tras el golpe de estado de Augusto Pinochet en 1973, el coso fue utilizado por las fuerzas armadas golpistas como el centro de detención más grande y salvaje de la dictadura pinochetista y que actualmente tiene la doble función de también ser el Museo de la Memoria.

El documental “Estadio Nacional” Click pare ver documental estrenado en el 2002 y que fue dirigido por la cineasta chilena, Carmen Luz Parot, narra que desde el 11 de septiembre hasta el 9 de noviembre de 1973, el Estadio Nacional de Chile fue utilizado como campo de concentración, tortura y muerte por el ejército chileno dirigido por Pinochet.

Los anales que se registran en las paredes del Museo de la Memoria, justo debajo de las gradas del Estadio Nacional, indican que más de doce mil prisioneros políticos fueron detenidos allí sin cargos ni procesos luego del violento golpe militar contra el gobierno socialista de Salvador Allende.

En sus gradas, en sus vestidores o en la cancha del Estado, al menos siete mil personas fueron torturadas impunemente y en particular el más famoso de sus ejecutados, quien sufrió en carne propia el odio de los atavismos políticos de la dictadura chilena: el músico y cantautor Víctor Jara, a quien las hordas pinochetistas lo fusilaron, le cortaron las manos y le arrancaron la lengua.

El documental de Carmen Luz Parot, realizado 30 años después de la carnicería de Pinochet, es la primera investigación periodística que entrega una cronología exacta de estos hechos.

Una vez que la selección chilena (la roja como emotivamente la llaman los chilenos) hizo rodar el balón en su partido contra Ecuador, brotaron los fantasmas de los versos del poeta:

Yo no canto por cantar

ni por tener buena voz,

canto porque la guitarra

tiene sentido y razón.

Tiene corazón de tierra

y alas de palomita,

es como el agua bendita

santigua glorias y penas.

Aquí se encajó mi canto

como dijera Violeta

guitarra trabajadora

con olor a primavera.

(Manifiesto, fragmento)

A las pocas horas del artero ataque al Palacio de la Moneda, en donde las fuerzas armadas traidoras masacraban a los fieles a Salvador Allende, un grupo de académicos, estudiantes y funcionarios de la Universidad Técnica del Estado (UTE), fueron hechos prisioneros en las instalaciones del centro universitario por los militares golpistas, y los trasladaron al Estadio Nacional.

Mientras la silenciosa y macilenta fila de condenados deambulaba por los pasillos del nuevo centro del terror, un militar que portaba gafas oscuras y metralleta terciada, presencia la nueva marcha de la muerte. Era el 12 de septiembre de 1973, día siguiente del golpe militar, en el alba de la dictadura de 17 años encabezada por el general Augusto Pinochet, alentado por la CIA.

El oficial identificó el cabello ensortijado del músico y cantautor -también profesor de teatro- Víctor Jara, un fervoroso militante del Partido Comunista que en 1970 promovió al por entonces senador Salvador Allende a la presidencia que ganó de manera lícita, popular y democrática el 4 de septiembre de 1970.

“-¡A ese hijo de puta me lo traen para acá! -gritó a un conscripto subalterno.”

Boris Navia Pérez, uno de los pocos sobrevivientes de la masacre en el Estado Nacional y que presenció la tortura del poeta y trovador chileno, narra en su libro “Así mataron a Víctor Jara”, que el oficial gritaba desde lo alto:

“¡A ese huevón!, ¡a ése!”, le gritó al soldado, que empujó con violencia al prisionero. “¡No me lo traten como señorita, carajo!”, espetó insatisfecho el oficial. Al oír la orden, el conscripto dio un culatazo al prisionero, que cayó a los pies del oficial.

-¡Así que vos sos Víctor Jara, el cantante marxista, comunista concha de tu mare, cantor de pura mierda! -gritaba el oficial.

Navia fue uno de los testigos del juez Juan Fuentes, que investiga el asesinato del cantautor, uno de los crímenes más emblemáticos de la dictadura y cuya presencia resume en todas las esquinas del Estadio Nacional.

Boris Navia rememora en su libro: “Lo golpeaba, lo golpeaba. Una y otra vez. En el cuerpo, en la cabeza, descargando con furia las patadas. Casi le estalla un ojo. Nunca olvidaré el ruido de esa bota en las costillas. Víctor sonreía. Él siempre sonreía, tenía un rostro sonriente, y eso descomponía más al facho. De repente, el oficial desenfundó la pistola. Pensé que lo iba a matar. Siguió golpeándolo con el cañón del arma. Le rompió la cabeza y el rostro de Víctor quedó cubierto por la sangre que bajaba desde su frente”.

Víctor Jara fue fusilado esa tarde y se sabe que por órdenes de Pinochet su cadáver fue ultrajado, ya que sus juramentados le cortaron las manos y le sacaron la lengua.

Cuando se entra al Estadio Nacional de Chile, las actuales autoridades decidieron que la mejor forma de mantener viva la memoria es dejar intactos los escenarios de la masacre, por eso al cruzar la Puerta 8 del Estadio, permanece intacto un sector de la vieja tribuna de madera y la boca de salida se traga literalmente a la persona que baja los pocos escalones que separan al campo de juego de las entrañas del centro de detención más grande y salvaje de la dictadura que azotó al país entre 1973 y 1988.

Allí yace una exposición permanente de fotos de quienes en esos días perdieron la vida en el templo de futbol que es la sede actual del equipo de La Universidad de Chile.

En esos pasillos, las fuerzas de Pinochet practicaron torturas eléctricas -“la parrilla”-, un hostigamiento psicológico lleno de amenazas a punta de ametralladoras y la exposición de los presos al frío en la más humillante desnudez del cuerpo humano.

Se estima que unas 20 mil personas pasaron por el Estadio Nacional como “prisioneros de guerra”, cuando la mayoría eran obreros, estudiantes y militantes de partidos de izquierda. La arquitectura del estadio fue ideal para la represión: sus pasillos ocultos detrás de las tribunas hacían invisibles los traslados de los detenidos a los lugares de tortura y a los 28 camarines que funcionaban como celdas. La piscina olímpica fue el lugar de confinamiento de las mujeres que estaban detenidas y su muralla frontal también funcionó como paredón de fusilamiento. Según testimonios de las sobrevivientes, la piscina llegó a albergar a más de mil mujeres.

En medio del horror el Estadio Nacional fue protagonista de uno de los momentos más curiosos de la historia del fútbol. Fue por las Eliminatorias para el Mundial de Alemania 1974. Chile debía recibir a Unión Soviética por el Repechaje, pero tras la ida en Moscú que terminó 0-0 los europeos se negaron a viajar al país trasandino ya que Pinochet había roto relaciones con el Kremlin. Entonces, para demostrarle al mundo que en Chile se vivía en Paz, los futbolistas tuvieron que participar de un partido sin rival. Movieron del medio y fueron pasándose la pelota hasta que Francisco Valdés Muñoz marcó el gol más insólito. La pantomima fue completa: se tocó el himno y hasta hubo público.

No se conoce exactamente cuántas personas fueron asesinadas en el Estadio Nacional, pero según los sobrevivientes se estima que entre 40 y 45 mil personas murieron a manos de las Fuerzas Armadas. En el Museo, las fotos de las caras de las personas que pudieron escapar a la masacre dan testimonio para que todo aquel que acuda al estadio no olvide.

En la pared, arriba de la puerta que permite al visitante salir, se topa con la frase de Salvador Allende que pertenece a su último discurso como presidente : “Se abrirán las alamedas por donde pase el hombre libre”.
Pero sobre todo se escuchan los versos del poeta de la rebeldía, de Víctor Jara:

Hijo de la rebeldía,

lo siguen veinte más veinte,

porque regala su vida

ellos le quieren dar muerte.

Correle, correle, correla

por aquí, por aquí, por alla

correle, correle, correla

correle que te van a matar

corele, correle, correla.

(El Aparecido, fragmento)

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