Donald Trump, de la arenga al odio al llamado al amor a dios, la patria y la constitución

Si queremos comprender a fondo el racismo
necesitamos profundizar
en el conocimiento de la paranoia.
Jacques Lacan

El racismo es el mal,
y aquellos que causan violencia en su nombre
son criminales y hampones,
incluido el KKK, los neonazis, los supremacistas blancos
y otros grupos de odio que son repugnantes
a todo lo que apreciamos como estadounidenses.
Donald Trump

Para quienes venimos siguiendo la Tragedia del Trumpismo que se desencadenó en el vecino país del norte, no tenemos que hacer el mayor esfuerzo para concluir que la reciente violencia desatada en Charlottesville, Virginia, después de los antecedentes del incómodo habitante de la Casa Blanca, en realidad se había tardado mucho tiempo, pues todos los ingredientes de la Gran Tormenta ya estaban en el coctel de la personalidad del candidato, en su campaña y su programa: el Rescate de América para loa Americanos. Sí, desde su violenta campaña, en la que vimos en todos los mítines a los supremacistas blancos, a los neonazis con las suásticas en sus chamarras y a los Ku kux klanes disfrazados de caballeros, sin que el candidato los sancionara, pues eran una buena parte de sus seguidores y votantes cautivos, a los que convocaba a gritos señalando que eran los migrantes, especialmente los mexicanos y los musulmanes, los culpables del desempleo, el terrorismo, la violencia, la maldad, el vicio, la criminalidad, la drogadicción y la crisis económica de USA. Aunque Trump siempre ha sabido que el racismo y la xenofobia están allí, pues no son más que su espejo, ¿cómo no reconocer a sus seguidores que no esperaban a que Trump sembrara en ellos el odio, sino a que lo cosechara?

La infancia —dice Santiago Ramírez— es destino. Como dice Ricardo Rocha: “Todo comenzó con el burdel del abuelo, Frederich Drumfp, nacido Kallstadt, Alemania, un pueblito alemán, quien con apenas 16 años huyó del servicio militar, y llegó a Nueva York. Sin una palabra en inglés, pero dispuesto a todo, incluso a cambiarse el nombre a Frederich Trumpf y luego a Trump, para asimilarlo al inglés” (El Universal, 01/02/17). Un abuelo que por dos veces expulsa el nombre del padre, que es representante de la ley, que prohíbe el incesto, el parricidio, todo tipo de asesinato, y que introduce la ley del lenguaje, que es la gramática y la diferencia de los sexos, además de la diferencia (que evita la misoginia y la xenofobia). Una expulsión del nombre del padre que es un rasgo característico de la paranoia. Cómo olvidar que la escuela inglesa de psicoanálisis acostumbra decir que se necesitan Tres Generaciones para que se constituya un psicótico. Tras las huellas del abuelo, la repetición: la evasión de ir él mismo a la guerra, y ahora que la va a promover, como nunca, no sólo porque “Estados Unidos siempre ganó todas las guerras (se le olvida la de Viet Nam) y las viene perdiendo todas”, sino porque debe cumplir lo que le prometió a la National Fifle Association, a cambio de su apoyo para trepar a la Presidencia. El abuelo en tiempos de la fiebre del oro compra un restaurante en la zona roja de Seattle (“Poodle Dog”), donde vende alcohol, comida y mujeres. Y ya con fortuna regresa a Nueva York, donde emprende en el negocio inmobiliario. Fred Trump, Junior, el padre de Donald Trump, en consecuencia, se dedica a la venta y renta de casas en Brooklin y Queens, donde se vincula al KU Klux Klan, y participa con mil racistas en una pelea contra cien policías, y tras la que es arrestado (Hemeroteca del New York Times). Donald Trump también se interna en el negocio inmobiliario, donde provoca un escándalo por no querer rentar a negros ni latinos. El abuelo huye del servicio militar y Donald Trump, pretextando problemas con un talón, se escapa de ir a la guerra. El abuelo y el padre negocian con cantinas, Donald Trump con casinos.

El carácter paranoico del discurso de Trump, desde su campaña, está en su programa y compromisos con sus electores: 1) ofrecerse como Paladín de los olvidados a los que sólo él puede redimir (delirio de grandeza); 2) el Empresario constructor triunfante (¿con seis quiebras?); 3) el Narcisista, en el centro del Universo, que apenas alcanza a reconocer lo que cree que es idéntico a sí mismo, cuya egolatría se expresa en el odio a los demás, los otros, los pequeños, los despreciables, los “de color”, los indígenas, ¡sin faltar los homosexuales y las mujeres! (pruebas finas para diagnosticar la paranoia); 4) el Erotómano, rodeado de mujeres, que mete la mano en los concursos de belleza mundiales, haciendo alarde de su extrema virilidad (otra prueba para el diagnóstico de la paranoia); 5) la egolatría, que como expulsa la Ley, la trasgrede, como violó todas las reglas electorales, sospechosamente, sin ser descalificado o inhabilitado como candidato republicano; memorable el debate en el que escupe a su contrincante, Hillary Clinton, con un “What a nasty woman” (en mexicano “Qué pinche vieja”), un improperio como para haber sido descalificado como candidato presidencial; 6) la Crueldad con la que se ha referido a los migrantes indocumentados, que muestra al mundo su falta de hospitalidad, la imposibilidad de hospedar a los necesitados, la hospitalidad que es ética y sin ella no hay ética; 7) la construcción de un Muro entre él y su semejante (por desprecio xenófobo); 8) la eliminación de un tratado comercial con sus vecinos (TLC) y 9) la desaparición de los servicios de salud para las clases medias (Obamacare), por sus previos pactos de apoyo con los magnates de la farmacéutica y los hospitales. Sin embargo, Trump se apareció ante el mundo como blindado, tal vez para consumar (hasta inconscientemente) la caída del Imperio. Porque un demente en la Casa Blanca, en cuyo sótano están los botones para desatar la Guerra Nuclear, es suficiente para imaginar la más negra pesadilla (ahora que ya en la Presidencia, enternecido por los bellos niños asfixiados por armas químicas, lanza 60 misiles a la pista aérea de Siria y hasta la Madre de todas las Bombas sin permiso de nadie).

La bomba de tiempo del mismo ¡Trump!, que estalla recientemente en Charlottesville, es una tragedia anunciada, pues responde en realidad al colérico llamado de Trump, desde su campaña, a los blancos ultraderechistas, con su inconfundible carácter paranoico xenófobo, rayando en la violencia psicopática, con la que hasta ahora salen a mostrar su fuerza y anuncian manifestaciones por toda la Unión Americana. Como se sabe, tras el asesinato de la joven Heather Heyer y los 19 heridos de Charlottesville, Trump sale por primera vez el sábado pasado a sancionar la violencia de “todos los bandos”; un llamado de atención acompañado de una hipócrita convocatoria al amor a Dios, a la Patria y la Constitución, por el que recibió reproches hasta de prominentes políticos del Partido Republicano que criticaron su ambigua respuesta, como Mike Pence y Jeff Sessions (vetado hace 30 años por el Senado como juez federal por racista), quienes emitieron inmediatamente sus condenas directas, además de voces nacionales y hasta internacionales (Angela Markel de Alemania y Theresa May de Gran Bretaña).

Una condena que, debido a la ambivalencia en la que se debate permanentemente Donald Trump, y tras la presión política nacional e internacional, tuvo que radicalizar: “El racismo es el mal, y aquellos que causan violencia en su nombre son criminales y hampones, incluido el KKK, los neonazis, los supremacistas blancos y otros grupos de odio que son repugnantes a todo lo que apreciamos como estadounidenses”. Pero una condena que volvió a enmendar al siguiente día, señalando de extremistas a todos, los de derecha y los de izquierda, para neutralizar su severa condena a sus seguidores, no sea que se quede sin seguidores y su mínimo porcentaje de aceptación. Una tardía y blanda condena que se convierte en una luz verde para los extremistas, en su carrera hacia el negro precipicio en el que pretenden abismar a América. En un momento histórico en el que el mundo va a saber quiénes son los “bad hombres” que tanto desvelan al insomne habitante de la Casa Blanca.

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