El disfraz de la desnudez

La desnudez es el mejor disfraz

Jeanette Winterson

La desnudez, palabra que desnuda, tacta, hurga. La desnudez ha sido creada por todo aquello que la cubre y nombra. Podría verse buena parte de los procesos culturales, como máquinas para industrializar la producción de hojas de parra, lo que a su vez produce metáforas de lo que envuelven.

Lo que fue al inicio, protección, cobijo, se convirtió lentamente en signo y símbolo, ocultamiento, barrera y ocasión para el ensueño de humedades. Hoy en día, gracias a los mil y un tentáculos del consumismo, y también a sus mil y un puntos de fuga, no queda nada ingenuo en ninguna vestimenta.

Identidad, lenguaje propio, estatus e ideología, son algunas de las funciones que se le hacen cumplir, por parte de los manipuladores del mercado que son expertos en captar lo que existe para reproducirlo en sus propios márgenes. En general no suelen inventar nada, más bien reutilizan lo que existe, lo hacen entrar a su juego.

Podemos decir que la desnudez ha corrido idéntica o parecida suerte. Ir con la piel al aire, completa o fragmentariamente no es un acto simple y natural sino elaborado. Lo más propio ya no es lo más cercano, porque ha sido puesto frente al ser, suplantándolo incluso, si es que alguna vez existió ser y no fue más bien nada y en esa nada es en donde se han recreado sus representaciones.

Por ejemplo, ahí, frente a otro cuerpo desnudo, en la batalla erótica, no existimos sino por la intermediación de las imágenes que han sido creadas entre el adentro y el afuera, entre lo que presuntamente somos y lo que nos dicen que somos, entre la cultura y el individuo.

Cada encuentro amoroso es en realidad una orgía, incluso en la práctica del autoerotismo; un puente por donde cruzan personajes del film fantasmagórico que cada uno de los implicados producen. No somos uno no somos cien, consigna del encuentro amoroso que es legión. En los cerdos que nos impulsan al abismo, llevamos demonios que ni cristo puede crucificar.

Aunque ahora se apela por un retorno a eso que ha sido llamado naturaleza (otro invento del lenguaje) el exhorto se muerde la cola y peca de ingenuidad. Ya no hay retorno posible al paraíso. Desde hace mucho, la humanidad consiste en romper o pervertir, es decir desviar de su cauce supuesta natural, los lazos entre ésta y su origen.

O tal vez, la humanidad consiste en añorar lo que en realidad únicamente tuvo existencia en su caja china de imágenes, en su cuento chino. La desnudez y su cubrimiento han creado a su vez al deseo, que es, en ese aspecto y con el apoyo de la araña moral, temor y temblor, vértigo e imán, casa de citas con el alma, caza del ser en el ser.

En realidad, no podemos ya ir desnudos; al ser convertida la desnudez en otro de tantos símbolos y signos, en uno de tantos lenguajes en tierra babel, mutando así en máscara, en puesta en escena para máquinas sintientes, es decir, en un decir que nos dice.

Inmersos en la complejidad, podemos ir leyendo fragmentos del texto de la desnudez, para descubrir, a punta de relámpagos y flashback lo que en cada cuerpo dependiendo de su yo y su circunstancia, se pone en juego.

En esa línea, todavía es mucho lo que falta por decir de la pornografía, la cual ha estado atrapada entre las policías de la moral, del feminismo o de una racionalidad simplona. Más allá del ámbito de la parentela, en general, una importante mayoría de personas, tenemos nuestro primer encuentro con la desnudez erotizada y sexualizada, a través del material llamado pornográfico o erótico, siendo éste último apelativo el usado socialmente para la desnudez permitida y aceptada sin fines médicos o científicos.

Es innegable que los primeros contactos con ello, va a formar parte de nuestro entramado perceptual referido a los cuerpos, el deseo y al engranaje entre ambos. La poética que seguiremos construyendo conforme pasa el tiempo y nuestra curiosidad y nomadismo lo permitan.

Qué es lo que dice la pornografía, es algo que habría que seguir indagando, sin los anteojos de la ideología hegemónica. Eso es algo que se ha hecho posible, por ejemplo, en el llamado postporno y pornoterrorismo que son dos hermanos perversos y mutantes que sin duda surgieron entre o en medio de la pornografía y gracias a ella lograron aventurar su nave de locos hacia otros continentes.

Nunca se sabe por dónde saltará la liebre o el conejo de las maravillas. Muchas veces lo que hizo posible el vuelo fue lo que hierve bajo tierra. La primera barrera o velo a descorrer está en su nombre: pornografía. Convertido a la vez en adjetivo, es decir en encuadre, en catalejo catalizador.

Hablar de la pornografía con ánimo de alumbrar partes de su paisaje, no es posible del todo si hacemos demasiado caso a la carga que su vocablo arrastra. O en todo caso, habría que ampliar las posibilidades de aprehenderlo, inventar nuevas manos para ello.

La pornografía es, entre otra cosas, la exposición de la desnudez entre los límites de lo natural y la cultura, lo maquìnico y lo humano, lo obsceno y lo simbólico. Todo ello teje a lo pornográfico, por lo que hacer la luz en uno solo de sus aspectos contribuye muchas veces más bien a oscurecerlo.

Las apariencias traen engaños multicolores o esquirlas de verdad. Incluso, por más que quienes producen los discursos pornográficos, busquen únicamente encender lo más pronto posible los mecanismos de la excitación sexual, dejan escapar por esos medios mil y un genios de la lámpara.

La desnudez en la pornografía no es ni puede ser aunque lo quiera un objeto  u  objetualizaciòn sino todo lo contrario: es la representación de una subjetividad enloquecida, salida de sus quicios, enfrentada a sí misma y a las otras, en lucha salvaje no resuelta nunca ni en la aparente pasividad después del orgasmo.

Subjetividad que se/nos remite a su carácter demoniaco, entendido como aquel que asalta la normalidad y le hace una guerra de guerrillas. De las muchas cosas que nos dice, una de ellas es que en realidad vivimos en una realidad que sujeta a los cuerpos en cauces normalizadores que nos promete paz y seguridad a cambio de encarcelarnos.

Seguramente no es el relato pornográfico, el non plus ultra de la otredad sexual, sin embargo, si palpita en él la inquietud por un más allá en donde ciertas cadenas no tienen lugar como aquellas impuestas por la moral o el amor.

En efecto, ahí no hay sitio (siempre aparentemente como siempre y en todo) para otra cosa que no sea la confección de intensidades liberadas de su encuadramiento censurado por la ley jurídica, moral o racional (tres partes de la misma sujeción).

No significa que no haya yugos, lo cual es imposible en cualquier hacer humano, ya que éste consiste precisamente en la delimitación inevitable de fronteras y puntos cardinales. La libertad, como todo ideal producto del deseo, es una utopía de lo imposible de verse realizado de una vez y para siempre, siendo más bien una fuerza de atracción pendular con múltiples puntos de fuga, una telaraña que forma laberintos.

La desnudez, en el relato pornográfico, funciona entre los límites, los derriba y crea otros, lanza retos  la imaginación, la despierta, la provoca, la pone de cabeza, le recuerda lo que ha sido y al mismo tiempo, la fija, la detiene en fotografías que jamás dejarán de seducir/nos.

 

 

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