Cuando un pueblo prefiere mandarse solo

AB ORIGINE

Si una institución inspira la desconfianza que inspira el Instituto Nacional Electoral, los contendientes que entren al juego, irán absolutamente convencidos de que la trampa y la deshonestidad son el enemigo a vencer y es invencible porque las protege el árbitro. No los aspirantes pagan para hacerse nombrar; ni los empresarios que se creen con derecho a fundar en los gobiernos gananciosas empresas, ni los funcionarios que van de un puesto a otro que sea mejor negocio, ni caciques sin instrucción escolar. Frente a esta retahíla de candidatos, gane quien ‘gane’, la sociedad pierde siempre.

Los gobiernos del último medio siglo se caracterizan por su falta de liderazgo, pues confunden mando con autoridad y no distinguen entre dejarse elegir y la búsqueda afanosa de ser elegidos. Para comprender la diferencia habrá que atisbar en la concepción de las sociedades indígenas que, paradójicamente, sobreviven apenas: Para ellos “dejarse elegir es aceptar el mandato de la conciencia colectiva; significa obedecer y convertir la voluntad popular en una instrucción que la comunidad debe hacer realidad”.

Buscar ser elegido, en cambio, delata la pretensión de hacerse visible y enamorar a una población de la que se espera que acepte las propuestas con la ingenuidad de una doncella que cree en su pretendiente.

Si partimos de que “las culturas satisfacen necesidades de las personas, cumplen deseos y aspiraciones y posibilitan la realización de fines humanos”, la cultura que no sirve no sirve. “Una cultura expresa emociones, deseos, modos de ver y de sentir el mundo”, señala valores y determina criterios. Tales culturas, “al dar sentido a valores sociales, integran a los individuos en un todo colectivo” (León Olivé).

No es exageración asegurar que una comunidad de la sierra de Guerrero, la montaña tarahumara o la Chinantla de Oaxaca es autosuficiente en términos de organización para la distribución del trabajo y la responsabilidad, la producción de alimentos, la impartición de justicia y la resolución de controversias; ya quisiera el Estado un sistema así de conciliación y pacificación, con procedimientos de sanción social tan ajenos al derecho positivo como naturales e infalibles.

¿Qué hicieron Pichátaro y Cherán, dos comunidades indígenas en la meseta purépecha en Michoacán?, lo que toda comunidad que se respete, con cultura y memoria histórica específicas, una lengua materna que los vincula con su pasado indígena, con idiosincrasia y organización para enfrentar cualquier dificultad de desarrollo: Un día se liberaron de quienes desde el poder municipal les niegan lo suyo, los ningunean y les dosifican a voluntad su derecho a los recursos públicos.

Lo que tendrían que hacer Ahuiran y Cherán Játs’ikurini para desasirse de Paracho; la Isla de Yunuén y Cuanajo para liberarse de Pátzcuaro; Ihuatzio y Cucuchucho para desatarse definitivamente de Tzintzuntzan; cabeceras administrativas que no dejarían jamás que un presidente municipal emanara de “esos pueblos de indios”.

Quizá la resolución que tomaron los pueblos de Pichátaro y Cherán no nos parezca un acierto, o quienes hoy ya no los gobiernan no estén interesados en aprender de tales “exabruptos” ni confíen en la eficacia de un consejo comunitario de autoridades. Bueno, que no confíen ni se interesen; están en su derecho; pero tendrán que aceptar, les guste o no, que estas comunidades han mandado al demonio a las instituciones que no sirven, justo porque no sirven.

Comentarios

comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *