Colombia 1, Senegal 0: Aire de familia

A partir del equinoccio de verano, cumplimentado el pasado día 21, concluyó el ciclo solar tradicionalmente contemplado por la astrología para los signos primaverales, y comenzó el ciclo correspondiente a los signos estivales (Cáncer, Leo, Virgo).

Sin embargo, mientras se desarrollaban las acciones entre colombianos y sengaleses en la Cosmos Arena de Samara, yo no podía desprenderme de la sostenida impresión de que nos hallábamos aún de alguna suerte bajo el signo de Géminis. Y es que Colombia da de pronto en parecerse tanto a México, se halla a tal punto próxima a él en tantas múltiples facetas, sobre todo conductuales y emotivas.

Por supuesto, para sostener el símil, habría que aclarar que los cafetaleros serían respecto al Tri un hermano ligeramente mayor (no demasiado), con el cuerpo algo más embarnecido y la pelusilla adolescente bajo la nariz ya algo menos rala. Hace unos días aseveraba yo que la selección mexicana debía situarse en un escalón inmediato inferior respecto de la colombiana, en virtud de la divergente jerarquía de calidad entre sus respectivas estrellas principales; y lo sigo creyendo. Pese a la innegable calidad de varios de sus jugadores, nada al interior del Tri puede articular un tridente proporcional al que conforman James, Cuadrado y Falcao.

Sin embargo, Colombia no parece terminar de creerse esa ligera mayoría de edad, y hoy, más allá de la misión cumplida de instalarse en los octavos de final, estimo que experimentó un significativo retroceso en su funcionamiento y su confianza (como México ante Suecia). La Colombia que derrotó a Polonia (como el México que derrotó a Alemania), pintaba como un indeseable y peligroso sinodal en los partidos de eliminación directa. Esta Colombia de hoy no podrá saltar sino en calidad de víctima ante los ingleses (como México ante Brasil).

 En vísperas del Mundial se suscitó una escaramuza algo grosera entre mexicanos y colombianos. Durante el partido de despedida del Tri en el estadio Azteca, frente a Escocia, la tribuna, enardecida de inconformidad por el rendimiento de los verdes, clamó durante largos minutos por la salida de Juan Carlos Osorio. Algunos en Colombia, comenzando por el Club Millonarios de Bogotá, se sintieron en obligación de restituir con declaraciones pendencieras el honor patrio que se les antojaba mancillado a través de la figura de su connacional; y para rematar tan lamentable despropósito, más de algún periodista en México se consideró a su vez obligado a corresponderles en idénticos términos.

Semejante tipo de polémicas terminan siendo todas iguales. Que si México no había alcanzado los logros de Colombia (su Copa América, sus títulos en la Libertadores, su histórica goleada en el Monumental de River, su aún inolvidable generación dorada de los 90, sus principales figuras repartidas desde hace tiempo en varios de los mejores clubes de la élite europea). Que si Colombia (su generación dorada bajándose desde la primera ronda en el 94 y el 98, su no clasificación durante las tres Copas del Mundo siguientes) pese a esos logros, ya quisiera la continuidad mundialista de México: esa sostenida presencia suya en las últimas siete ediciones, llegando siempre a los octavos de final.

El típico pleito entre dos hermanos que se parecen demasiado, y a los cuales les cuesta un enorme trabajo reconocerlo y aceptarlo.

 Desespera un poco la inconstancia de Colombia. La falta de confianza en sí misma que es capaz de experimentar. La enfermiza convicción de dependencia que ha construido en torno a James Rodríguez. James no es Messi, James no es Cristiano: pero no tendría siquiera que plantearse serlo, dado que posee alrededor un  consistente equipo, sabiamente trabajado por Pekerman, con un potencial que no mengua catastróficamente cuando él falta. Sin embargo, no hay caso; Colombia se ha convencido de que no puede ser la misma sin James; James se ha convencido de que Colombia no puede ser la misma sin él. Ante Polonia, Colombia salió decidida y feliz, porque James saltó a la cancha decidido y feliz. Y cómo hoy James salió abrumado a partes iguales por la eventual eliminación del equipo, y por su lesión no del todo superada (a pesar del magistral encuentro que brindó ante los polacos); y como en muy temprana instancia James tuvo que abandonar el campo por las presentidas secuelas de dicha lesión; y como la propia tribuna se ha contado como un cuento  bonito, pero la verdad bastante inútil, esa James-dependencia, Colombia se transformó durante más de tres cuartos de partido en una pálida caricatura de sí misma.

Una caricatura tan pálida como el México del día de ayer.

De hecho, podría decirse que el partido comenzó recién al minuto 75.

Colombia (como México ayer) dependía de sí mismo para garantizarse el pase. Debía ganar. Pero si en una de esas se mostraba incompetente para hacer su trabajo (como México ayer), restaba la opción de que le echaran la mano desde el otro partido del grupo que en ese mismo instante estaba desarrollándose (como a México ayer). Así que sus aficionados en el estadio (como los de México ayer), seguían a través de sus teléfonos celulares cuanto estaba ocurriendo entre los otros rivales del sector.

Hacia el minuto 60, una ovación estalló en la tribuna: Polonia, ya eliminado, acababa de anotarle a Japón, y eso permitía que a Colombia le alcanzara con no perder. Por alguna extraña razón, los senegaleses, quienes desde el arranque habían tomado la iniciativa, dominando a un adversario impreciso, inoperante y medio sonámbulo, al enterarse de la noticia (no alteradora del hecho de que a ellos les había bastado todo el tiempo con el empate) dejaron de ofender, se tiraron atrás, comenzaron a hacer tiempo, propiciaron que un cuadro colombiano ya algo menos tenso comenzara a forzar tiros de esquina. Vinieron quince minutos que ambos, gustosos, se habrían ahorrado junto con el resto del trámite. Al 74, no obstante, Colombia capitalizó uno de esos tiros de esquina, asegurándose no sólo la calificación sino el primer lugar del grupo. Y sólo entonces, repito, comenzó propiamente el partido.

Senegal se lanzó al ataque con tanto ímpetu como escasa idea. Colombia contragolpeó un par de veces, pero luego prefirió acumular todas las dilaciones concebibles, por cuarenta centímetros más o menos en el cobro de una falta, por el cambio de gafete de capitán, o por lesiones que podían ser lo mismo reales que fingidas, indiferente al hecho de que con esas vulgares estratagemas adquiría franco talante de equipo chico. Total, así mismo había dirimido en Lima con Perú su pase al Mundial en octubre del año pasado: el empate le garantizaba a ella la clasificación, y a los anfitriones el repechaje contra Oceanía, y a partir del minuto 77, tras un autogol que emparejaba 1-1 los cartones, ambos cuadros renunciaron por completo a jugar, dejando que el partido se acabara.

En homenaje a esa ratonil efeméride, aquí al final (como ayer entre México y Corea) todo quedó entre latinoamericanos y asiáticos. Enterados de lo que acontecía en Samara, los japoneses dejaron atacar, y comenzaron a dejar que el tiempo transcurriera; perdían, sí, pero si en su intento de alcanzar el empate les encajaban otro tanto los polacos, iban a quedar debajo de Senegal en la diferencia de goles; así que lo apostaron todo a que los senegaleses no anotaran. Y como Polonia tampoco mostró interés en incrementar la ventaja, los últimos diez minutos en el estadio de Volgogrado consistieron en dos equipos que peloteaban sin traspasar jamás la media cancha. Actitud de los nipones que les merecería pasar a la siguiente ronda por su fair play (sic).

Las mismas muestras de agradecimiento que hubo ayer en la embajada coreana en México, pudieron presentarse hoy en la embajada colombiana en Tokio.

Y aunque ayer los mexicanos salieron cabizbajos y apesadumbrados, y hoy los colombianos salieron exultantes y eufóricos, y aunque en el caso de Colombia (como en el caso de México) resulte imposible anticipar si saldrán a jugar con la sólida fisonomía mostrada ante Polonia (ante Alemania) o la pacata fisonomía mostrada ante Senegal (ante Suecia), no cabe duda que ambos han cobrado, de cara a los octavos de final, un inconfundible aire de familia.

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