Carne Invisible

Ernesto Hernández Doblas

Las apariencias del mundo contemporáneo indican que la sexualidad, el erotismo y el amor, viven una festiva explosión de libertad y transparencia: desnudez. Desenjaulamiento de lo que habría vivido bajo el peso de cárceles y candados, antes de que sus presuntos libertadores tomaran por asalto los cerrojos.

Incluso, hay quienes apuntan hacia una saturación de imágenes y discursos; una especia de visibilidad a carne abierta, en donde oferta y demanda compiten por ganarse el paso, se ponen zancadilla, en una carrera enloquecida de caballos que sangran.

Sin embargo, como suelen hacer de acuerdo a la costumbre, las apariencias saben divertirse con la percepción de quien las mira; seductoras por naturaleza, sirenas en lo real. Su canto es cada vez más fuerte y la sordera que producen se toma por lenguaje.

Todo es siempre más profundo de lo que aparece, todo lleva más hilos negros de lo que aparenta. La realidad es cuántica telaraña, experta en jugar a las escondidas para hurtar lo que se trae entre manos.

Creación es. Lo real es objeto del deseo y como tal, es babel. Lo trágico es que sus poderes estén secuestrados por el mercado, ya que entonces, solo como mercancía pre-fabricada se nos ofrece, robando imperceptiblemente nuestro poder creador y pensante.

En los estantes han colocado versiones acéfalas de lo que sin duda existe en los deseos. Saben jugar ese juego, saben ofertar la sed insaciable  que las pulsiones llevan en su flujo, a condición de arrebatarnos cualquier posibilidad de habitarlas a plenitud.

Los espectáculos se muestran no al mejor postor sino hacia un espacio en donde lo único que importan es justo ese mostrarse. “Algún día iremos al cine para recordar el sonido de la lluvia”, dejó escrito Jim Morrison.

Es cierto que la sexualidad, el erotismo y el amor parecen circular sin apenas límites, multiplicándose con espíritu de metástasis. Lo real se ha vuelto monarquía, devorando precisamente los espacios para el deseo, que es ante todo, distancia y construcción creadora, creatividad que se arquitecta.

Apenas cerrar y abrir los ojos, infinitas imágenes celebran orgía y aparece una nueva definición y un jardín de palabras sobre prácticas y estilos del amor o del gozo desde la carne, o de ambas. Amasijo es el nombre de la cultura en estos tiempos.

Es decir: hay una profusa circulación del placer y sus discursos e imágenes. Sin embargo, ésta no es sinónimo de la libertad ni produce conocimiento per se, al contrario, se convierte en pornografía, es decir, en una exposición alejada de mayor motivo que descarnarse cada vez más, hasta dejar en su lugar un hueco rutilante.

Ahí está uno de los mayores enmascaramientos del sistema capitalista que se basa en la mercancía y su rizoma; mientras más ayuna de sentido, mejor. Lo anoréxico es valuado entonces como el oro alquímico, como el santo grial de una sociedad encarcelada en el gigantismo de la pantalla que le promete representarla con fidelidad.

El consumismo puede crecer a condición de imantar a sus prisioneros con las figuras de una libertad que se promete a condición de matar al sentido y su hermano gemelo el valor. Se trata de la muerte de dios anunciada por Friedrich Nietzsche.

Dios resucitó en efecto pero en aquello que le da una y otra vez una mejor y más profunda muerte. Resucitó a su muerte. Su pecado es su penitencia: vivir una y otra vez desde sus tumbas, aquellas que comparte con las del hombre, la historia, el sentido y todo aquello que hoy solemos festejar con música sin fondo.

De ese modo, lo que corre por entre las alcantarillas del mercado es el amor, la sexualidad y el deseo diluidos paradójicamente en su libertad. En sus discursos médicos, psicologistas, presuntamente relajados o asépticos.

Seguirá necesitándose igual que siempre, detener el tránsito de optimismo y celebraciones, para mirar de nuevo lo que por cotidiano pensamos seguro y comprensible. Las redes virtuales plantean retos no para desenredar, lo cual parece ya imposible, sino para que aun en medio de ello el pensamiento siga siendo posible.

Hoy más que nunca el misterio rodea lo aparente, como una sombra en la cueva tecnológica. Hoy más que nunca los cuerpos requieren ser pensados y no únicamente expuestos a la luz de una tercera dimensión que los achata. Hoy más que nunca, puede ser un buen día para que ante las fiestas del vacío, nuevas creaciones opongan sentido.

 

 

 

 

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