Carlos Fuentes, un profeta siempre actual

¿Qué brujo de Catemaco
le dio a Fuentes el poder visionario
que le permitió adelantarse
a tantos aspectos de la historia política
que hoy estamos viviendo en nuestro país?
Sergio Sarmiento, Reforma, 14 de marzo, 2003.

Hace un lustro de la muerte real del escritor e intelectual Carlos Fuentes. Pero por su obra toca la inmortalidad. Tras su lamentable partida tuve el honor de dictar unas  conferencias sobre su vasta obra en algunas instituciones educativas. Hoy, en el horizonte del quinto aniversario de su muerte, espero rememorar al gran visionario en  ejemplares novelas, que desde el lago fundacional de Tenochtitlán, le permitieron legarnos una original mirada de México, para mirarlo de otro modo y ser mirad@s por el mundo: La región más transparente (1958), la desmitificación de la Revolución Mexicana en La muerte de Artemio Cruz (1962), Cristóbal Nonato  y La Silla del Águila (2003), en la que en el año 2020, México no ha avanzado frente a las corruptelas, maniobras y traiciones políticas que hoy mortifican la vida pública mexicana. Como dijo Elena Poniatowska, Fuentes trató de “abarcarlo todo porque ni José Vasconcelos, ni Agustín Yáñez, ni Martín Luis Guzmán, ni Alfonso Reyes —tan generosamente universal— tuvieron su largo aliento…” (Poniatowska, “Cinco años sin Carlos Fuentes”, La Jornada, Ciudad de México, 15 de mayo de 2017).

Desde su nacimiento (Panamá, 11 de noviembre de 1928), Carlos Fuentes Macías, más tarde nacionalizado mexicano, se nutrió de muchas fuentes, pues fue un ciudadano del mundo, tan cosmopolita como su padre, su familia, su vida y su obra. La labor diplomática de su padre en el servicio exterior mexicano, Rafael Fuentes Boettiger, le permitió una experiencia multicultural en Panamá, Quito, Ecuador, Montevideo, Uruguay, Río de Janeiro (donde su padre fue secretario del embajador Alfonso Reyes, faro de las letras mexicanas durante la primera mitad del s. XX) y en Washington, donde su padre fue consejero en la Embajada Mexicana.

Fuentes, el notable escritor e intelectual, es uno de los más destacados exponentes de la narrativa mexicana y del boom de la literatura latinoamericana, cuya vasta obra abarca la novela, el cuento, el guión de cine, el guión televisivo, el ensayo, el periodismo, el teatro y la actuación. Recibe el Premio Biblioteca Breve (1967), por Cambio de Piel, el Javier Villaurrutia y Rómulo Gallegos por Terra nostra, Alfonso Reyes (1979), el Nacional de Ciencias y Artes en Lingüística y Literatura (1984), el Cervantes (1987), la Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío, por el Gobierno Sandinista (1988), el del Instituto Italo-Americano (1989) por Gringo Viejo, la Medalla Rectoral de la Universidad de Chile (1991), el Príncipe de Asturias (1994), el Picasso de la UNESCO, Francia (1994), el de la Latinidad por las Academias Brasileña y Francesa de la Lengua (2000), Legión de Honor del Gobierno Francés (2003), el Roger Caillois (2003), el de la Real Academia Española (2004) por En esto Creo, la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica (2008) y el Internacional Don Quijote de la Mancha (2008), entre otros. Fuentes recibe todos los más importantes galardones de las letras, excepto el Nobel de Literatura. Como dijo Poniatowska a pocos días de su muerte: “Es una pérdida terrible y aterradora, porque Carlos Fuentes es nuestro mejor escritor, debió ganar el Premio Nobel de Literatura…”

Carlos Fuentes emerge cual estrella nova en el horizonte cultural de México, a los treinta y cuatro años, con La región más transparente (1958), y se coloca en el centro del escenario nacional, otorgándole un nuevo rostro a nuestras letras. Según el crítico norteamericano John Brushwood, “El libro más discutido escrito en México hasta la fecha” (Brushwood, México en su novela, México, F.C.E., 1973), excepto Pedro Páramo de Rulfo. Fuentes mismo, en uno de sus más recientes libros decía que Julio Cortázar “[…] sin conocernos aún, me mandó la carta más estimulante que recibí al publicar, en 1958, mi primera novela, La región más transparente. Mi carrera literaria le debe a Julio ese impulso inicial” (Fuentes, Personas, México, Alfaguara, 2012:146). La región más transparente, escandalizó a los conservadores, por la forma en que describe al país y a sus habitantes. Una novela crítica donde todavía hay lugar para la comprensión, el amor y la esperanza. Pletórica de personajes, pero con una sola protagonista: la Ciudad de México. La región más transparente descubre a un escritor joven y talentoso, que recrea el ambiente social de la ciudad de México: una burguesía improvisada, la aristocracia del porfiriato, el proletariado y los que van de una clase a otra. Donde Fuentes denuncia al México de 1951: tras la Revolución Mexicana, la reivindicación popular es abandonada por los que pasaron de la lucha a los puestos directivos de la industria y la banca. De la mano de una prostituta que sale del cabaret después de su jornada, al filo del alba, Fuentes nos conduce por la región más transparente. Su fuente es el pueblo y su deambular cotidiano: mendigos, niños vagabundos que duermen en las esquinas, barrenderos que, como canta Octavio Paz en El mono gramático, cual “mendigrinos, entre pajarabías y gluglús de la lengua”, andan por las calles, mientras la buena sociedad va de fiesta en fiesta. Así conocemos a los snobs, actualizados en existencialismo y arte novísimo, que citan a Artur Rimbaud o al Conde de Lautréamont y su cantos de Maldoror, que congregan a intelectuales honrados o farsantes. Donde deambulan tanto el marxista que quiere destruir esa sociedad, el que es comprado por una vida fácil y el arribista. Como Federico Robles, que triunfa con Villa en Celaya y después vende a Feliciano Sánchez, su compañero de lucha sindical. Robles es el constructor de la gran ciudad, el cosmopolita, y su mujer, Norma Larragoiti, la que pasa de la miseria a la clase media. También a Rosenda, sin marido y sin hijo. A Pimpinela de Ovando, orgullosa  de su aristocracia destrozada, que espera recuperar sus haciendas perdidas. O Teódula Moctezuma, preservadora del aborigen sentido de la vida. La región más transparente mezcla capas sociales a través del chofer, la empleada doméstica, los trabajadores y los convidados a la fiesta, además del reprimido parentesco entre todos ellos. La tragedia se desencadena cuando el destino priva al banquero Federico Robles de toda su fortuna, y termina empobrecido con una mujer ciega. Una novela que tiene por fuente la generación de la Revolución, la porfirista y la que se rebeló, traicionada hasta por los hijos de los que perdieron la vida en la lucha. Entre Ulises y contrapunto, por su estilo expresivo y  monólogos interiores, puede ser una diánoia griega. La región más transparente —como aprecia Anderson Imbert— es notable por su finura. Por el sentido barroco de lo moderno —según Walter Benjamin— alcanza la trauerspiel, el encuentro entre la fiesta y el luto, lo culto y lo popular, el mestizaje entre la visión indígena y la criolla, además de la tradición y la traición a la Revolución.

Como en La región más transparente, en La muerte de Artemio Cruz (1962), el tema es el bullente mundo de las gentes, el cruce de vidas, las clases sociales, cual expresiones de su ideología, narradas en compañía de James Joyce, pero con  personajes trazados linealmente, dibujados, concretos. La muerte de Artemio Cruz, refleja la vida mexicana en la crónica sobre ese viejo rico, poderoso y moribundo. El viejo Cruz que se muere, cual estampa hogareña de un mortecino rodeado de su familia: “Tu olerás, en el fondo de tu dolor, ese incienso que no acaba de disiparse y sabrás, detrás de tus ojos cerrados, que las ventanas han sido cerradas también, que ya no respiras el aire fresco de la tarde”. Fuentes habla desde Artemio para que comprendamos su soledad, la soledad de la muerte y su herencia maldita: la repetición, el eterno retorno. Y en este diálogo interior se cruzan los pensamientos que le provocan los presentes y los recuerdos del pasado, la juventud, la llegada a la casa de su mujer, hermana del compañero de lucha, fusilado. La vida de Artemio es la traición (1915), con los villistas en fuga, durante la infancia de Cruz, que permiten si no justificar si comprender la fuga. Después un salto hacia el nacimiento: “Recogido sobre sí mismo, en el centro de esas contradicciones, él con la cabeza oscura de sangre, colgando, detenido de los hilos más tenues, abierto a la vida por fin”. Las fuentes de Fuentes nos cuentan una vida al revés, horas de agonía a través de tres pronombres: yo, tú, él. El primero se expresa en el monólogo interior del agonizante, en el presente. El tú es el inconsciente que indica el futuro de sus pensamientos. Y la tercera persona, es el pronombre él, para que Artemio exprese las circunstancias que lo rodean o las evocaciones pasadas. El puente entre estos tres tiempos y personas es el viejo Cruz que agoniza podrido, rodeado de médicos en patético desacuerdo sobre si hay que operar o no, cual metáfora del podrido cuerpo social de México. La muerte de Artemio Cruz, es la novela más polémica de Fuentes, sobre la personalidad del autor; pero también la más colmada en elogios. La muerte de Artemio Cruz, es una novela cuya fuente es original, pero donde también encontramos una visión poco complaciente de la realidad mexicana (la de entonces y la de hoy). Pues es una crítica muy filosa a la clase dirigente posrevolucionaria, además de una denuncia a los vicios de la sociedad, que la Revolución se había propuesto erradicar: autoritarismo, patrimonialismo, influyentísimo, corrupción, desigualdad social, injusticia y hambre (una fatídica herencia que continúa de generación en degeneración). Como dijo más tarde Fuentes, la literatura “es un estorbo para el orden establecido, pero es una esperanza en los mundos por establecer”. Artemio Cruz es todo un personaje, pues es la encarnación de todo un pueblo: “…legarás este país; legarás tu periódico, los codazos y la adulación, la conciencia adormecida por los discursos falsos de hombres mediocres; legarás las hipotecas, legarás una clase descastada, un poder sin grandeza, una estulticia consagrada, una ambición enana, un compromiso bufón, una retórica podrida, una cobardía institucional, un egoísmo ramplón; les legarás sus líderes ladrones, sus sindicatos sometidos, sus inversiones americanas, sus obreros encarcelados, sus acaparadores y su gran prensa, sus braceros, sus granaderos y agentes secretos, sus depósitos en el extranjero, sus agiotistas engominados, sus diputados serviles […] tengan su México: tengan su herencia […] ellos serán mañana porque sólo viven hoy […] no morirás sin regresar …” (Fuentes, La muerte de Artemio Cruz, México, Punto de Lectura, 2008:299-300).

Cristóbal Nonato (Alfaguara, 1987). Según María Luisa Puga, es “una antiutopía feroz y sórdidamente realista”. Para Adolfo Castañón es “una novela carnaval”. Una narración que dividió a la crítica, pero que reconoció su fuerza demoledora, su capacidad para obligar al lector a preguntarse sobre el presente y el futuro de México. Las claves literarias de Fuentes: la farsa, la tragicomedia y el surrealismo. Un análisis irónico de la política mexicana, un retrato grotesco del abuso del poder y una visión apocalíptica de una nación llena de contradicciones al borde de la destrucción. Para celebrar el Quinto Aniversario de la llegada de Cristóbal Colón a tierras americanas y distraer al pueblo de la crisis económica que lo agobia, el gobierno de Makesicko City, la urbe más poblada y contaminada del mundo, ofrece un increíble premio a la pareja cuyo hijo nazca en el primer minuto del 12 de octubre. Ángel y Ángeles participan en el certamen y conciben a Cristóbal, quien durante sus nueve meses en el seno de su madre, guía a los lectores a través de un original juego novelesco, rico en registros narrativos, símbolos, referencias culturales y guiños: “México es un país de hombres tristes y de niños alegres dijo Ángel mi padre (22 años) en el instante de crearme. Antes mi madre Ángeles (menor de 30 años) había suspirado: ‘Océano origen de los dioses’. Pero pronto no habrá tiempo para la felicidad y todos serán tristes, niños y viejos juntos”. Un gran poema, que canta lo que siempre está sucediendo: “Estaban en los límites de Guerrero y Michoacán cuando un grupo de campesinos armados que exigían la devolución de sus tierras robadas por la compañía maderera fueron acorralados en el monte, hambrientos y sin fuerzas, bajados a culetazos y fusilados en el pueblo de Huetámbaro, bajo las alas abiertas del monte rapado, con estas palabras perentorias también, del coronel Inclán, encargado después de la noche del Ayatola de imponer el orden donde fuera y a como diera lugar en la República Mexicana: —Entiérrenlos sin ataúd. Era tierra lo que peleaban, no? Pues denles tierra hasta que se ahoguen en ella” (Fuentes, Cristóbal Nonato, México, Seix Barral, 2001:548).

La Silla del Águila  (2003), es una aventura ficcional cuyo tema primordial es la política y sus miserias. México vota en contra de la posición de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Washington toma represalias, controla los satélites de comunicaciones e interrumpe todas las comunicaciones electrónicas de México. Los mexicanos se quedan sin teléfono, televisión, radio e internet, en un momento de inestabilidad política y con el Presidente enfermo. Una grave situación en la que renace la comunicación epistolar. En el año 2020, México no ha avanzado frente a las corruptelas, maniobras y traiciones políticas que hoy signan la vida pública mexicana. María del Rosario Galván, mujer brillante y ambiciosa que usa su poder de seducción y su cuerpo como tráfico político. Lorenzo Terán, indiferente Presidente de la República, que deja que los problemas se arreglen solos, mete al país en un conflicto político con Estados Unidos, al ejercer su primer gesto de independencia, pero en el Consejo de Seguridad. Bernal Herrera, el secretario de Gobernación, evade sus responsabilidades, para llegar a la Presidencia de la República. Tácito de la Canal, el lambiscón jefe de gabinete, también quiere la silla presidencial. César León, ex presidente de México, quiere regresar al poder. Jesús Ricardo Magón, anarquista, acepta cortarse el pelo e ingresar al gobierno con el sueño de cambiar al país, paro termina traicionando sus principios. Séneca, el consejero palaciego que se sabe inútil. Mondragón von Bertrab, severo secretario de la Defensa, con su terrible secreto. Cícero Arruza, que ya no tiene enemigos porque los ha matado a todos. El anciano de Los Portales de Veracruz, predicando su sabiduría política. El misterioso prisionero de San Juan de Ulúa. A Nicolás Valdivia, misterioso y brillante joven, la influyente María del Rosario Galván le promete: “Yo seré tuya cuando seas presidente de México. Y te lo aseguro: yo te haré presidente de México […]  Te ponen en el pecho la banda tricolor, te sientas en la Silla del Águila y ¡vámonos! Es como si te hubieras subido a la montaña rusa, te sueltan … y haces una mueca que se vuelva máscara… La Silla del Águila es nada más y nada menos que un asiento en la montaña rusa que llamamos La República Mexicana”. Fuentes se vale del colapso de las comunicaciones electrónicas para construir, en base a cartas y cintas grabadas, el drama de un país que en 2020, es lastimosamente el nuestro. La Silla del Águila, es la gran metáfora de Maquiavelo en México, que sigue barruntando sus preguntas: ¿qué es la soberanía, cuáles son sus variedades, cómo se consigue, se conserva o se pierde? El mismo propósito, desde hace quinientos años, de Nicolás Maquiavelo, que lo lleva a escribir El príncipe, cuya vigencia habla tanto de su calidad como de su actualidad. Fuentes trata de responder a las mismas interrogantes que se hiciera el pensador florentino: ¿qué es el poder, cómo se consigue, mantiene o destruye? Como Maquiavelo, Fuentes busca en la historia presente de México para recrear su futuro: “La realpolitik es el culo por el que se expele lo que se come” o “el poder es una terrible suma de deseos y represiones, de ofensas y defensas”, frases de las que está empedrada la novela de Fuentes, salidas a veces de la boca de un sabio local, otras de una cortesana de lujo. La trama, situada en 2020, narra la invasión de los americanos a Colombia, el boicot de los sistemas informáticos de México y de los protagonistas que sólo se pueden comunicar por carta. El  agudo rompecabezas epistolar, resulta un alucinante pasatiempo, donde el lector resuelve crucigramas de pasiones, hasta convertirse en un protagonista más de esta alucinante novela. La verdad tiene estructura de ficción —dijo Lacan—, la ficción es más verdadera que la fantasía (Jeremy Bentham). Una saga donde se encuentran todas las artes del escritor y crítico: la farsa, la ironía, el humor, la reflexión, la historia, el análisis, la broma, el sexo, el amor, para terminar hablando sólo del poder político, de su persecución y su indigencia, y del destino de los que están dispuestos a morir o matar por “el poder”. La Silla del Águila es la novela más vendida, pero tal vez la menos leída y hasta confundida con la telenovela “El vuelo del águila” por el Presidente de México. Pero sus comentaristas coinciden en que su trama es una crítica a la situación actual de México, un bruno presentimiento sobre el futuro que le espera,  una punzante crítica a la clase política que lo gobierna y una reflexión duradera sobre las interrogantes de Maquiavelo, la confusión entre la razón de Estado y los intereses particulares, el amor y el sexo atados al poder, además de los infortunios que acompañan al poder. La inspiración más reconocida de La Silla del Águila por el mismo Fuentes, es una conversación con Bill Clinton, que se preguntaba cómo resolver la sucesión presidencial, en caso de muerte o incapacidad del Presidente, en un país, como México, donde no existe la institución de la Vicepresidencia. Fuentes le explicó a Clinton que la ausencia de un vicepresidente evitaba las conspiraciones para dar muerte al Primer Mandatario para ocupar su puesto. Después se puso a escribir esta novela moderna, que revela un gran conocimiento del derecho constitucional y de la historia de México, cual espectáculo de luz y sonido, que hasta el último capítulo abre un misterioso paréntesis, donde el escritor mezcla nostalgia con angustia ante un país que pudiendo no lo dejan ser (Cebrián, “Babelia”, El País, Madrid, 3 de mayo, 2003). ¿Qué quiso decir Fuentes con esta novela? En palabras del escritor: “Hemos vivido con los ojos pelones, sin saber qué hacer con la democracia. De los aztecas al PRI, con esa pelota nunca hemos jugado aquí”. Una política pública institucionalizada que se eterniza en la inmovilidad del Estado, que escrito, como dice Eugenio Trías, en participio pasado, sólo quiere estar, pero jamás moverse, y cuando alguien quiere moverlo y un grupo le sigue, se convierte en “un peligro para México”. Una parálisis ilustrada por Fuentes sin parangón: “Con cuánto dolor Presidente, reviso el calendario de nuestra relación y me doy cuenta de que he sido el tábano que le criticó su inmovilismo. Un rey sentado en un trono sin moverse, creyendo que así aseguraba la paz del reino. Si movía la cabeza a la izquierda, predecía guerra y muerte. Si la movía a la derecha, pronosticaba libertad y bienestar, anhelados aunque utópicos” (Fuentes, La silla del águila, México, Alfaguara, 2003:231). Porque, como advierte desde el principio: “… la política es la actuación pública de pasiones privadas.

Incluyendo, sobre todo, acaso, la pasión amorosa” (Fuentes, La silla del águila, México, Alfaguara, 2003:21).

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