Brasil 2, Costa Rica 0: Una educación sentimental

La imagen final de Neymar hecho un mar de llanto al término del partido en que Brasil derrotó a Costa Rica, y a sólo unos segundos de haber marcado su primer gol en este Mundial, acaparará y centralizará sin duda todo lo sucedido hoy en el estadio Krestovski de San Petersburgo. Y lo hará con relativa justicia, dado que Neymar es fuera de toda disputa el emblema totalizador de la selección brasileña desde el pasado ciclo mundialista, dado que se trata de uno de los tres o cuatro mejores jugadores en activo a nivel global, y dado que hoy fue uno de los protagonistas centrales del encuentro. Este epílogo de estallido en lágrimas se incorpora en automático, sin solución de continuidad, a aquel otro que estelarizó hace un par de años en Maracaná, cuando la verde-amarelha consiguió llevarse por primera vez en su historia el oro olímpico, y adormecer (si bien no sanar) la herida abierta por el papelón en la Copa del Mundo de 2014.

Los que seguimos el encuentro, hemos vivido un capítulo más en el arduo proceso de educación sentimental para la máxima estrella brasileña de la época reciente. El sucesor de Ronaldo y Ronaldinho ha debido cargar sobre sus hombros, y a menudo casi en solitario, una expectativa y una responsabilidad que en generaciones pasadas estuvo mucho más democráticamente repartida. Y el peso monumental que ello implica le aflora de continuo… quizá en exceso. Lo mismo en su permanente (a veces incluso medio neurótica) voluntad de participación dentro del campo, que en su permanente reclamo contra los rivales y contra los árbitros; lo mismo en sus desplantes de individualismo genial, que en sus continuos fingimientos de faltas que no le han cometido.

Sólo Messi está en condiciones de comprender a Neymar. Sólo Messi puede dimensionar en carne propia lo que representa convertirse en soporte individual de una camiseta histórica. Cristiano Ronaldo es por completo ajeno a semejante conflicto: porque Portugal está muy lejos de medirse bajo los parámetros y las obligaciones de Brasil y de Argentina, y porque Portugal (su temperamento, su sentido del dramatismo) está muy lejos de Sudamérica.

No obstante, yo estimo que Messi debe sentir una enorme  envidia por Neymar. Porque más allá de lo mucho que ambos puedan compartir en común, hoy ha quedado bien claro que Neymar no está solo. Lo acompañan de principio a fin, con aliento, presencia, iniciativa y sangre, tanto en la inspiración como en la zozobra, tanto en la bonanza como en la desgracia (no sólo en las declaraciones y las buenas intenciones), todos sus compañeros y también su entrenador.

Me parece que Neymar no se da plena cuenta de ello. Tan consciente está de los reflectores que le apuntan, tan ensimismado se halla en sus personales dramas, tanto le pesa en la memoria aquel 7-1 del que una providencial lesión lo libró, que de pronto parece no advertir que ya pasaron cuatro años, que ni Felipao ni Dunga están ya en el banquillo, que este es otro equipo; que las tragedias pasan, que la vida continúa, que las heridas se vuelven cicatrices: que sigue siendo lo mejor de Brasil, pero ya no tiene necesidad de asumir que él es Brasil.

El problema del inevitable centralismo mediático en Neymar, es que corre el riesgo de invisibilizar que hoy fueron varios más quienes cumplieron otra importante etapa de su propia educación sentimental.

El primero de ellos, Brasil, que salió dubitativo, incierto, envarado; temeroso menos de una hipotética impotencia, que de los saldos finales derivados de esa hipotética impotencia. Si transitó el primer tiempo de forma por demás deslucida, y hasta con algunas tenues insinuaciones de naufragio,  para la segunda mitad salió a arrollar a su adversario; y a arrollarlo no con bravuconadas y empujones, sino mediante calidad, vértigo y futbol; incorporando a Neymar como pieza central, pero de ninguna manera exclusiva. El gol no caía, y sin embargo, por encima del resultado, la sensación era que Brasil estaba haciendo lo correcto, que había elegido el camino adecuado. Excepto por Neymar; él se consideró de pronto en la obligación de resolver el problema por su cuenta y del modo que fuera; su clavado en el área, y el penal que en primera instancia se le señaló a favor, fueron el remate de una desgastante y en buena medida injustificada presión por su parte contra el árbitro desde los primeros minutos.

Y corresponde entonces referirse ahora a otro, para cuya educación sentimental el juego de hoy resultó determinante: el arbitraje mundial. El silbante holandés Bjorn Kuipers  había pitado con temple ejemplar y de manera impecable un juego para nada sencillo. Tuvo que afrontar los remanentes de esa posición de víctimas de la violencia y la injusticia, con la cual los amazónicos trataron de justificar durante los últimos días su empate en el debut; tuvo que afrontar la abierta hostilidad de Neymar, incluso en el vestidor durante el medio tiempo; tuvo que afrontar las grotescas simulaciones de los ticos hacia la recta final, cuando ya sentían cercana la providencial orilla del empate y procuraban hacer tiempo de todos los modos posibles. Y entonces llegó el minuto 78: enésima jugada ofensiva de Brasil en el complemento, quiebre de Neymar sobre Giancarlo González para ir a situarse en las narices mismas de Keylor Navas, caída de espaldas del astro brasileño. El árbitro señala penal. Luego va a revisar la jugada en la cámara, regresa y enmienda su decisión: no hubo falta.

La polémica jugada es hasta ahora la mejor argumentación explicativa que ha habido en defensa del VAR. Un trabajo arbitral del más alto nivel, sustentado por entero en la capacidad y el temperamento del juez central, y que a partir de una sola decisión errónea pudo acabar tirado por la borda, termina por resultar perfecto gracias a la tecnología.

Pero la propia selección brasileña salió fortalecida de últimas con esa decisión.

Entiendo que al perpetrar su desprolijo clavado, lo único que interesaba a Neymar, fuera de cualquier otra consideración y al mexicanísimo son de “haiga sido como haiga sido”, era otorgar a los suyos tres puntos que ya sentía escaparse. Sólo que un triunfo a través de un penal inexistente habría constituido un bochornoso escándalo, suscitando más dudas que certezas y más irritaciones que contento.

Con el gol sobre la hora (uno más en este Mundial), por completo justo, obtenido a través de las meritorias vías que propuso Tite y materializaron sus jugadores, la victoria resulta inobjetable. No nada más eso: tal gol posee el valor añadido de que no tuvo que participar en él Neymar, sino tres de los talentosos cómplices que hoy lo salvan de jugar de náufrago: Firmino, Coutinho, Gabriel Jesús. Durante los restantes minutos de la compensación, aún hubo margen para que la ya relajada canarinha (hoy de azul) se diera y nos diera gusto con un postrer despliegue de jogo bonito químicamente puro, y hasta para aliviar la egocéntrica y rijosa angustia de Neymar permitiéndole marcar el segundo y definitivo gol.

La provechosa sesión pedagógica del día le alcanzó incluso al vencido. A pesar de la inevitable tristeza por la derrota, hoy Costa Rica lo que más debe lamentar es haber perdido su primer partido contra los serbios. Porque durante el primer tiempo recuperó a plenitud la memoria, bien pudo irse arriba en el marcador en un momento dado, y volvió a ser el mismo equipo que hace cuatro años dejara en el camino a Inglaterra y a Italia. Incluso durante la segunda mitad, cuando Brasil la encerró en su área y comenzó a salvarse de milagro, sus jugadores fueron capaces todavía de peligrosos contragolpes, que sólo el pésimo sentido de ubicación del ingresado Christian Bolaños (siempre se metía en fuera de juego) pudo echar a perder.

Buen partido, buena cita.

Mientras tanto, atención todos.

Ahí viene, no Neymar remolcando al Penta.

Ahí viene el Penta con Neymar incluido.

A ritmo todavía no de carnaval, pero sí con prometedores e inequívocos esbozos de inspirada bossa nova, ahí viene ahora sí Brasil.

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