Brasil 1, Suiza 1: del negro al gris.

Luego del humillante papelón padecido hace cuatro años en casa, Brasil está de regreso. No me cabe la menor duda. Así lo demostraron su eliminatoria mundialista, sus partidos amistosos contra otras potencias, su comportamiento individual y colectivo sobre el terreno de juego bajo la dirección de Tite. Se trata para muchos del  máximo favorito al título (no del mío, opino que le lleva mano España), y no debería extrañarnos ver dentro de unas semanas a Neymar alzando la Copa del Mundo.

Pero a mí me interesa preguntarme: ¿cuál es el Brasil que regresó? Resulta claro que este seleccionado amazónico se ha sacudido buena parte de las taras y los traumas que adquiriera durante las previas gestiones de Felipão y Dunga. Pero tratándose de la verde-amarelha hay que tener mucho cuidado con las palabras y los slogans publicitarios. Porque sentenciar categóricos “Brasil está de regreso” parece sugerir en automático la vuelta del “jogo bonito”, de la belleza sin cortapisas, del futbol ofensivo, del talento a su máxima potencia.

El jugador brasileño trae la magia y el sazón tanto en la genética como en la cultura. El jogo bonito le brota de los pies hasta cuando no quiere. Ese cuento de que entre los millones de apasionados muchachos brasileños de la generación de Neymar él era el único con semejante disposición y semejantes atributos, constituyó desde el primer momento una mentira. No estoy diciendo que haya decenas de Neymares por ahí; Neymar hay sólo uno. Como Pelé hubo sólo uno; pero durante doce años no le faltaron jamás a “O Rey”  cómplices propicios para sus sobresalientes virtudes y su inigualable talento. ¿De verdad no había hace cuatro años más que picapedreros para ponerle alrededor a Neymar? De ningún modo; Scolari montó una escuadra que le justificará al cien su timorata mezquindad táctica.

Hoy Neymar se halla mucho mejor acompañado. Ningún hechicero supremo junto a él, pero varios competentes magos, y hasta los picapedreros con un bagaje técnico nada despreciable. Brasil vuelve a verse como aquella selección que durante lustros, a partir del Mundial de Italia 90, nos acostumbró  a verla jugar con la disposición de quien puede aplastar a todos sus rivales, puede sacarse un circo completo de la chistera, y que sin embargo prefiere administrarse usureramente y ganar siempre con lo mínimo, privilegiando antes el histórico peso de su camiseta que el trato del balón.

Seamos honestos. No ha habido Copa Mundial  en la que, durante los últimos casi treinta años, Brasil no haya regalado preciosas dosis de jogo bonito. Pero la última vez que Brasil intentó convertir el jogo bonito en ingrediente constitutivo dominante de su sistema de juego, fue México 86. El camino al Mundial de 1998 nos ilusionó a muchos: aquella era una generación de jugadores de ensueño (como imaginarnos hoy tres o cuatro Neymares al unísono). Pero bastó el primer partido mundialista para que Zagalo los sometiera a una pragmática grisura táctica, sentenciando tajante “estamos aquí para ser campeones, no para gustarle a la gente”. Así habían ganado la copa en 1994, así volverían a alzarla en 2002.

Los nombres de los jugadores que integraron aquellas selecciones, así como la distorsionadora y lucrativa reescritura publicitaria a posteriori, a cargo de FIFA, Nike, Play Sation, Coca Cola y anexas, nos arrastran a repetir en sonsonete que el de 2002 fue un equipazo y que jugó maravillosamente. Pero la canarinha campeona de 2002 fue un equipo francamente gris, justo en razón de que su manera de jugar no tenía nada que ver con el talento de los jugadores que la conformaban.

Ayer, frente a Suiza, luego del negro episodio que significó la justa de 2014, Brasil demostró sin duda que está de regreso: de regreso al gris, de regreso a la sustentada soberbia, de regreso a la calculadora usura, de regreso a la riesgosa displicencia.

Tras el impresionante remate de Coutinho que le dio la ventaja, pudo arrollar a Suiza, pudo llenarle a rebosar de goles la canasta. Pero prefirió sumirse y sumirnos a todos en un medio burocrático sopor, dando por concluido el partido una hora antes de que el árbitro mexicano diera  el silbatazo final. Cuando Suiza superó el pánico y le sacó el empate, el Penta quiso regresar y ya no pudo. Le afloró su histórico talón de Aquiles: la inestabilidad emocional. Un talón de Aquiles que jamás ha sabido superar a la alemana o la italiana (desde la enjundia guerrera), sino que sus dioses mayores revirtieron siempre desde el talento, la creatividad, la sensibilidad colectiva, la prestidigitación individual.

Brasil, contra un rival como Suiza, no tiene derecho de justificarse en la excusa de que a lo mejor no le marcaron un penal a favor, o a lo mejor hubo un ligero empujón en el gol del empate. Brasil empató ayer por lo mucho que dejó de hacer: por conformarse con regresar del negro al gris.

Veremos si el tropezón la obliga a ir más allá, en pos de su antiguo colorido (tiene en su plantilla suficiente materia prima con qué hacerlo); o si vuelve a instalarse en el mucho más comodino entendimiento de que, igual que en varias otras ocasiones, es posible que con el gris le alcance.

 

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