Artilugio

Tsintsimakatao, 1528. Paolo, joven religioso venido de Torino, habíase embarcado junto con 71 frailes hasta las tierras inhóspitas de la Nueva España en un buque de dos palos y 300 metros de eslora, con la promesa de aventura y riquezas en un mundo por explorar. Fray Matías de Hita solía referirse a estas tierras “como quien viene por dulces” y sólo tiene que arrebatárselos a “un puñado de salvajes”, desarmados e ignorantes en el arte de guerrear. “Apenas tienen noticia de Dios y van vestidos con harapos”, describía.

Paolo di Torino atendía con voluntad instrucciones de sus mentores, pero abrigaba la misión de pacificar a la gente que, saqueada, violada, golpeada y desplazada a inhóspita geografía, como la montaña o la selva, estaba organizando rebeliones en muchos puntos de la Nueva España. Aprendió la lengua nativa con ayuda de un caminante, Tinkuí, con quien se topó en un viaje a Kurhunheo.

Hubo problemas: los indios no fueron tan dóciles como a Paolo le habían hecho creer; una muchacha en particular, en la aldea de Xingri, le estaba haciendo la vida imposible a fray Giacomo de Milano: “E’ una ragazza sensa coure!”, se quejaba.

En otros rumbos, como en Tsintsimakatao, un pueblo donde al abad se le ocurrió mandar pintar a don Antonello da Messina una virgen con el rostro moreno de Xate, su joven y bella intérprete, el proceso de evangelización era un éxito: los lugareños asistían puntuales a misa y sus cantos y oraciones eran acompañados con reverencias que llegaban al suelo. Oraban a los cuatro vientos con un fervor que ni Quiroga había conseguido antes.

Hasta que se descubrió el artilugio: oraban a los santos, pero habían escondido entre sus ropas figuras de piedra y barro que representaban el Fuego, el Viento y la Lluvia. El castigo fue riguroso, y sancionada la idolatría, fue comprendida más tarde: Los indios sólo querían conservar la vida, pero sin traicionar a sus viejos dioses.

Morelia, 1998. Pablo, p’urhepecha de Santa Cruz, vino a trabajar a Morelia en el gobierno de Tinoco Rubí. Tantos años en el partido y una carrera de contador, le merecieron su plaza en el Gobierno, otra para su hermano y una más para su cuñada como intendente en las oficinas de Turismo. El licenciado Uribe, delegado de la sección estatal, el Frente Amplio Progresista, solía referirse a Michoacán como una sociedad colmada de interesantes necesidades. “Nuestra riqueza está en su propia pobreza; necesitamos acabar con la pobreza, pero sin pasarnos, porque si se nos pasa la mano, ¿de qué va a vivir el partido?

Pablo atendía instrucciones de sus mentores, pero abrigaba la misión de pacificar a la gente que, saqueada, engañada, golpeada y desplazada a inhóspita geografía, como la montaña o la selva, estaba organizando su autodefensa en muchos puntos de la entidad. Sentía gratitud por la sociedad que le abrió las puertas a una forma de vida sin carencias para él y su familia, pero sabía de la penetración cultural, del abandono de la lengua propia y de la pobreza de su pueblo, imputables a él y a cientos de indígenas que, como él, acabaron en la autonegación absoluta.

Hubo problemas: reconoció que los políticos no tienen la menor intención de acabar con la pobreza como se lo hicieron creer. En una fiesta de estilo tarasco en San Antonio Kurhintzio, un pueblo de la ribera, los asistentes iban ataviados con primorosas camisas a punto de cruz, pantalón de manta a los que ya no estaban acostumbrados, chuscos sombreros que apenas lograban permanecer en las cabezas, inútiles morrales inútilmente decorados. Los lugareños de verdad, más sinceros, vestían con una naturalidad visiblemente menos pretenciosa.

Hasta que se descubrió el artilugio: debajo de sus ropas llevaban mallones o pantalón de mezclilla. Sólo querían conservar la vida que ahora llevaban, pero sin traicionar a sus nuevos dioses.

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